VIVIR DEL BLOQUE

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Un periódico de tirada nacional –se ve que tienen poco tiempo para pensar- ha elevado a Dos Hermanas (Sevilla) a capital de provincia. No aclara los límites de esa “provincia número 51”, o si, para no aumentar el número, sustituye a alguna capital actual. Lo cierto es que la ciudad es, según el referido medio, la “capital” dónde se pagan menos impuestos. Menos mal, las ciudades que “no son” capital de provincia quedan fuera de la comparación. Todavía pueden abrigar esperanzas.

Por algo dicen que la esperanza es lo último que se pierde, como los impuestos. El “secreto” toscaniano es muy simple y lo han copiado numerosos ayuntamientos: cuantas más viviendas se construían más recaudaba Urbanismo, lo que permitía compensar a los ciudadanos en forma de rebaja de impuestos. Así la gente, tan contenta de pagar menos y ver como “prospera” su pueblo. Porque en España, después del “boom” de la construcción, después de crear una burbuja mayor –en proporción que la de Estados Unidos, modernizarse, prosperar, mejorar, son palabras limitadas a la cantidad de viviendas vacías, sin posible uso, o en construcción, sin terminar, con menos posible uso aún.

Buena compensación, por cierto, la de considerar “próspera” a una sociedad con viviendas de sobra, mientras falta la industria necesaria para obtener un ingreso mínimo, capaz de permitir la ocupación de esas viviendas. Por lo tanto, mala compensación porque ha hecho a la economía dependiente del ladrillo, porque su repercusión constante, como péndulo vacilante, nos ha vacilado en exceso. Ahora toca pagar y no solo la diferencia. Sobran las alforjas de ese viaje… Solo era buena en apariencia. Más “bluff” que buena. Ahora toca pagar platos rotos, también a quienes no los hayan roto. Pero concediéndole la bondad temporal, hasta los buenos detalles tienen un pero, un condicionante. Uno no, dos: el asunto ha funcionado mientras se construían viviendas. Hoy, con la construcción atascada, en un radio de treinta kilómetros en torno a una sola ciudad –pongamos Sevilla como ejemplo- hay casi doscientas mil viviendas vacías. Que, con una ocupación media-baja, supone una población de medio millón de personas. Por más que se mira, no se alcanza a ver tanta necesidad de ocuparlas, menos aún con los precios y la falta de interés en su financiación. Sin embargo, a pesar de todo, propietarios, inmobiliarias, bancos y gobierno, siguen empeñados en sostener unos precios insostenibles, en un intento absurdo de hacer creer en la justeza de esos precios super-inflados.

Que esa es la otra: “invertir” en ladrillo (algunos utilizan el idioma como si fuera suyo) elevó los precios hasta la locura actual. La vivienda ha pasado de derecho a lujo. Y mantener bajos impuestos obligaría a seguir construyendo, a que alguien “invierta”, o sea: seguiría subiendo precios. Cabría preguntarse: ¿hasta cuándo se puede seguir construyendo –si se pudiera- por encima de las necesidades reales? Y ¿para qué queremos tantas viviendas a las que la mayoría nunca tendrá acceso? Hacen falta viviendas, por supuesto, pero viviendas que se puedan pagar. La política de compensar impuestos con ingresos es falsa porque ha ayudado a poner la vivienda fuera del alcance de la mayoría para al final quedarnos sin vivienda, sin dinero y con impuestos. Y muchos con una deuda insostenible. Muchísimos.

Frente a esa política falsa y demagógica, lo que se precisa son viviendas protegidas y en alquiler, a precios razonables. Pero se hace lo contrario. A los ayuntamientos ha preocupado el ingreso proveniente de la construcción, más, mucho más que solventar el problema de la habitación. Ahora que ha dejado de ser negocio para las arcas municipales, estas autoridades, las estatales y las autonómicas, deberían empezar a entender la vivienda como el derecho que es. Pero se buscan nuevos ingresos sin atender a la necesidad y al derecho constitucionalmente reconocido. Se acabó la bonanza, se acabó la bondad. Se acabó el espejismo. No hace falta ser corrupto para ser nefasto. Hay muchas formas de engañar al pueblo y nadie lo sabe mejor que quien lo engaña.

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