¿Cuánto tiempo dura un viaje? Diría que empieza con la primera idea, mucho antes de partir. Y termina mucho después de estar de vuelta en casa. Puede durar para siempre, mientras siga vivo en la memoria. 

Por eso hoy, en tiempos de confinamiento, quisiera que viajen conmigo al pasado. Un viaje de tres chicas con coraje, por este mundo lleno de miedo. Voy a nombrar los lugares por los que pasamos, pero el viaje en este caso, no fue el destino, sino el camino, los 3400 km que hicimos «a dedo» (autostop). La libertad en su máximo esplendor. 

Era diciembre, terminaba la época de exámenes, verano por el sur del continente Americano. Primer año de Ingeniería civil. Estudiaba con Betha, una amiga que hacía ingeniería química. Digamos que no era una sociedad justa, salía yo ganando, porque me concentraba poco tiempo en la misma actividad. Era de esas personas que ve una pelusa y se pone a hacer limpieza general, para luego si eso, sentarme a estudiar. O sea, nunca. Pero si me sentaba, era cuando se me ocurrían las mejores ideas, pero extracurriculares. Betha lo opuesto: estudiosa, disciplinada, paciente, llevaba una maestra en su interior. Un día de esos empezó el viaje, con una idea.

A veces no te atreves ni a soñar, por no tener el “como”. Nosotras dijimos: ya veremos de donde sacamos dinero, primero empecemos a darle forma en la cabeza. 

Queríamos playa, y lo primero que pensamos fue Brasil, así como también, fue lo primero que descartamos: “muy peligroso” y “ustedes están locas” fueron las frases más escuchadas del momento. Argentina era buena opción, pero no nos atraían sus playas. Así que decidimos que Chile sería el destino ideal. Saldríamos de Uruguay, atravesaríamos media Argentina a dedo y después hacia el sur de Chile por la costa; no demasiado tiempo porque en un mes teníamos que estar de vuelta.

Nos fuimos a la embajada de Chile, no había tanto material, pero para arrancar daba, imprimimos el mapa de la zona que pensábamos recorrer e hicimos un esbozo de la ruta. 

Conseguimos un trabajo temporal en una papelería de un centro comercial y con eso ganaríamos algo para el viaje. No era “para tirar manteca al techo”, unos doscientos dólares (180 euros) cada una. Yendo al mínimo aguantaríamos bien, con algo de comida de casa para la primera semana, y nos quedarían unos 8 dólares por día de presupuesto, la primera consigna era no tomar ni un autobús. 

Una semana antes de salir, Nati (nuestra otra compañera) preguntó si podía ir con nosotras. Yo no la conocía, pero era famosa por ser la mejor alumna de la facultad; orgullosas de contar con su presencia le dijimos que si enseguida, nos parecía mucho mejor ser tres.

¿Tienen todo organizado? Preguntó , si si, dijimos. Para nosotras estaba organizado, sin ser estructurado. 

Todavía me acuerdo la madre de Betha diciéndonos antes de partir: “no se separen nunca para hacer dedo”. Claro que la tranquilizamos con un NO rotundo y grande. 

A mitad de enero, un día soleado, muy temprano, nos fuímos con las mochilas a la parada del bus, en el centro de Montevideo, que nos llevaría hasta el peaje de Santa Lucía y desde ahí poder empezar a hacer dedo. Tardó más el bus que cualquier dedo que hiciéramos en todo el viaje, una hora de ansiedad.

El primero fue un camión, que nos llevó hasta Rosario. Ahí un auto, que el chófer resultó conocer a una tía mía de Tarariras, Uruguay es muy chiquito. No nos quisieron dejar cruzar el puente a pie. Por suerte, nos llevó un señor en una camioneta. Y la alegría más grande fue cuando nos dijo que iba a la ciudad en la que nosotras pensábamos pasar la noche, Pergamino.

Ahí fue nuestro primer susto, el conductor tenía un arma al lado de la palanca de cambios. Que nervios, no sabíamos que hacer. Charlas tranquilas hasta la primera parada. Llegamos a Pergamino, y antes de dejarnos en el camping, bajó a invitarnos a un helado. Cuando estuvimos solas lo primero que hicimos fue intentar esconder el revólver, pero resultó ser de plástico, cero noción de armas. Que alegría.

Acampamos en Pergamino y a la mañana siguiente cruzamos la ruta para seguir haciendo autostop. No habíamos esperado ni diez minutos, cuando paran dos camiones. Abro la puerta para hablar con el conductor y se apaga el motor del camión. Algunos camiones están controlados desde central, y al abrir la puerta del acompañante con el motor encendido, se bloquean. Iban hasta Mendoza, no lo podíamos creer, toda Argentina cruzada con dos vehículos. Tan sólo a veinticuatro horas de irnos tuvimos que romper la primera promesa, “no se separen”. En realidad, eran dos camiones que iban juntos, tampoco era que hubiésemos hecho dedo separadas. Así que no contaba. Aunque nos asustamos un poco, El Pelado y Adrián (los conductores) con su buena energía desde el nos dieron confianza. Nati dijo que iba sola. Perfecto, nos encontramos unos kilómetros más adelante y todo bien, como amigos de toda la vida. Tuvimos otro incidente de adrenalina, cuando a Adrián lo picó una abeja, ¡y era alérgico!. Quince minutos a velocidad máxima y hasta el primer centro de salud. Llegamos a tiempo, un incidente que se solucionó rapido. Los tres días hasta Mendoza fueron muy divertidos, dormíamos en los camiones, nos dejaron manejar (conducir), pasamos mate de uno a otro yendo por la autovía. Todo muy prudente… Antes de llegar a destino, en una parada técnica, Nati desconsolada, a punto de llorar nos dice que no podemos pasar la frontera por ser menores de 21 años. No habíamos visto eso en ningún lado eso. Nos asustamos un poco, porque todos los camioneros estaban seguros de que era así. Falsa alarma. Era una ley para Argentina. 

Recorrimos Mendoza unos días. Y después fuimos donde estaban todos los camiones para ir a Chile, conseguimos a dos que iban juntos, hasta San Antonio. Perfecto. 

La primera charla en el camión era siempre la misma: saber la mercadería, los kilos y cuan experimentado era el conductor. Bajar la cordillera da miedo, y en camión, con alguien que la cruza por primera vez, cargado con veinte mil kilos de productos yde noche. !Como chillaban esos frenos! No quedaba otra que confiar. 

Desde allí hicimos dedo a Tabo, una playita muy tranquila, acampamos mirando el mar. 

En contra de todos los consejos fuimos hacia atrás, en autobús hasta Valparaíso, dormimos en hotel, acorde al presupuesto. Disfrutamos de la playa, el agua no tan fría y la arena negra. 

Salimos rumbo al sur, y en poco tiempo llegamos a Pichilemu, una playa soñada para surfistas experimentados. 

Seguimos bajando de a tramos cortos, a Constitución y de allí a Curanipe. Luego salimos a la ruta como para irnos a Valdivia. Cada vez que nos disponíamos a hacer dedo, lo que nos daba más pereza era sacarnos las mochilas, porque pesaban (12, 17 y 22 kg)y como nos levantaban tan rápido, no valía la pena. Paró un camión, el chófer, tío Juan, un buen hombre de unos sesenta años. Viajaba a Puerto Montt, ni siquiera llegaba hasta ahí el mapa que teníamos, más del doble de donde queríamos ir. Nos ofreció llevarnos a su casa, que el no iba a estar, llegaba y salía de nuevo a trabajar. Sólo nos pasaban cosas buenas, era como que nos mandaban señales, decíamos. Lo pensamos unos kilómetros y decidimos ir con el. El se fue al otro día. Nos dejó las llaves de la casa, que nos quedáramos todo lo que quisiéramos, laváramos la ropa y un teléfono para que habláramos con la familia. No lo podíamos creer. Tal como lo acordamos, le dejamos la llave a una vecina y emprendimos la vuelta. 

Si lo hubiésemos planificado nada hubiese sido tan perfecto. 

Les dejo unas fotos de fotos (porque era cámara de rollo), por supuesto que no había ni “redes sociales”, y el mapa de la ruta que hicimos a la ida, la vuelta merece otro relato, o un libro entero. Ya veremos…

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