Viajar, se convierte en necesidad.

Cuando el alma que vuela, anhela, salir de la jaula.

 

La primera vez que este ave echó a volar lejos del nido, no tendría más de trece o catorce años, y aun era un cachorro con ansias de libertad y sediento de conocimiento… De viajar. Ver otros horizontes, otras gentes, otras culturas…

Tuve la suerte de nacer en el seno de una familia hogareña, pero viajera. Quizás no gastaran dinero en lujos más comunes para las gentes de su generación, como puedan ser zapatos o vestidos caros, pero nunca escatimaron en billetes de avión, alojamiento, visitas a museos, paseos en góndola por los canales de Venezia, en elefante por las selvas de Tailandia o en camello por el desierto del Sahara. Mis paes son una pareja llena de experiencias plasmadas en fotos que llenan las paredes de su hogar.

Tuve el placer de compartir varios viajes con ellos durante mi infancia. París y Roma. El primer destino, con la tierna edad de 7 años, fue escenario de mi primera libreta… E incluso recuerdo con claridad el color rojo de sus tapas. Años después vendrían otros muchos viajes familiares, en los que nos reuniríamos gran parte de la familia para recorrer Croacia en furgoneta o la Toscana italiana, algunas islas griegas y parte de la península escandinava. Es algo por lo que estoy eternamente agradecido, debido a que creo que los seres humanos somos la constante evolución que hagamos desde nuestro contexto. – ¿Cómo? –

Aunque el turismo familiar esta guay, es solo rascar la superficie de la tierra. Aunque no supiera expresarlo, desde cachorro quería ahondar, plantar mi semilla y germinar en aquellos esos lugares lejanos al conocido hogar.

Y así fue. Recordando el principio de esta carta de amor al alma nómada, realicé mi primer viaje en solitario siendo bastante joven. Durante un mes, residí en Lowestoft junto con una adorable pareja de ancianos, su enorme perro y sus infinitos gatos; con el objetivo de aprender inglés.

Aquello era otro mundo, completamente diferente al que estaba acostumbrado, y puedo asegurar que aquello me marcó de por vida. No tuve problemas en socializar con el grupo de adolescentes que nos juntamos de todas partes por un lado, y a integrarme en la familia y la particular sociedad británica; aun cohibido por mi corta edad.

El siguiente verano sería Cork, en Irlanda; experiencia que me marcaría aún más en mi formación para llegar a ser la persona que hoy soy. Aun sueño con sus verdes praderas y grises cielos. Con el sonido de las olas, hijas de un mar enfurecido, muriendo en violento choque contra los grises y escarpados riscos. Aun recuerdo el calor de la gente entre la que nos ayudamos a pasar la noche más oscura. 

Porque hay un cambio radical en la experiencia vivida al elegir el completo. Puedes salirte del camino preestablecido de hoteles, tranvías restaurantes y demás atracciones diseñadas para el turismo en rebaño. 

Cuando:

  • Vives tanto «las buenas», como «las malas» (y no me refiero a los dramas primermundistas que gustamos de crear y alimentar en nuestras cabezas) junto a los lugareños, a su mismo nivel.
  • Eres parte de sus vidas y con ello parte de la vida colectiva del lugar.
  • Te manejas con el idioma local lo suficientemente bien, como para mantener una conversación fluida y competente con quien hables.
  • Cuando tienes suficiente tiempo como para poder gastarlo en ir a la deriva allá donde estés, sin objetivos, metas o landmarks buscados en Google Maps.
Es entonces cuando nos asimilamos, mergemos, somos uno con nuestro nuevo hogar.

Tras ir a vivir solo, los viajes disminuyeron drásticamente, limitándose a territorio nacional. Consecuencia normal de la ajustada cartera de un estudiante de letras. Aprendí a disfrutar de los viajes a la naturaleza, de dormir bajo un cielo de estrellas libre de contaminación lumínica u oyendo la mar en lugar de motores. Por otro lado los festivales, donde otras formas de organización social nómada es posible; cuando la gran mayoría coopera, se respira buen rollo.

Seguían descrubiéndose ante mí, otras formas de viajar.

 

Con todo lo aprendido, el año pasado realicé el viaje que pondría a prueba todos los conocimientos aprendidos y me obligaría a seguir aprendiendo, evolucionando. La ciudad de las luces rojas que se reflejan en sus canales y calles mojadas: Amsterdam. Mi bella Amsterdam. Esta fría ciudad me acogió durante los cinco meses que duraría mi plan Erasmus, siendo el viaje más largo y solitario de mi vida. Próximamente, tocan Irlanda y Chile, cada uno por diferentes razones y con diferentes objetivos.

Al contrario de lo que pueda parecer, cuando dije solitario, no quería connotar algo malo. Es algo de lo una persona puede estar orgullosa. Cruzar medio planeta, con una semana de albergue, sin hogar y una escueta ayuda económica por parte de la universidad, es una locura de forma de pinchar la burbuja de confort. Puede salir mejor o peor, (en mi caso tuve mucha suerte y mucho trabajo detrás) pero jamás dejará indiferente a nadie. 

Hay cantidad de razones por las que alguien pueda dejar atrás su país, su ciudad, su barrio, su tierra, su familia, su gente… Algunas incluso su trabajo o su amor… Algunas incluso se verán obligadas a elegir marcharse por una de las últimas dos razones, dejando atrás la otra… Otras se ven obligadas a marcharse. Por guerra o por hambre. Por muerte o por miedo a ella.

Siendo francos, hay una necesidad, física o espiritual, detrás de cada viaje. Desde aquel padre que se lanza con su familia al Mediterraneo por sobrevivir, hasta aquella persona que abandona su oficina y su apartamento en la ciudad, para irse a un monasterio en el Himalaya a conocerse. Los verdaderos viajes, los impulsa esa necesidad intrínseca del ser.

Es necesario que el concepto de viaje, sufra un cambio drástico a nivel social. Para esto se debe cambiar la manera en la que lo concebimos, y ser consecuentes con nuestros pensamientos a la hora de actuar. Comprender la esencia del lugar, en lugar de juzgarlo. Mezclarte con su cultura y su sociedad, para crecer como persona.
La vida es un instante de luz entre dos ocasos infinitos. Por eso, como individuos, tenemos la libertad y la responsabilidad de decidir que hacemos con ella. 
¿Mi consejo?
Vuela y descubre.
Viaja.
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Albert Limon
- Jefe de redacción de Revista LOA - Alquimista de la palabra - Futuro graduado en Estudios Ingleses -

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