Según la Real Academia Española, una utopía es un plan, un proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización. La RAE también presenta una segunda acepción: representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano. 

La formación etimológica proviene del griego ou (no) y topos (lugar), es decir, el lugar que no existe, el no-lugar. Tomás de Moro fue el autor de este neologismo en plena época del Humanismo y lo empleó como título para una de sus obras en la que se describe a una isla, Utopía: una república en la que todos sus habitantes han conseguido ser felices gracias a su organización. Es un lugar en el que no existe la propiedad privada, todo es público y por ello su gente no teme carecer de nada. Utopía pretende ser un pueblo modelo en el que pueda mirarse la sociedad europea de la época y así superar sus males.

 Aunque la primera aparición de una utopía con nombre fue hace unos quinientos años, podemos encontrar mucho antes algunos autores que describían un sistema de difícil realización como en obras de Platón o de Virgilio. Estas personas, y otras silenciadas, se cuestionaban la forma en la que vivían e imaginaban un lugar en el que la sociedad viviera de forma diferente con el fin de beneficiar al ser humano.

Imagine usted, querido lector, una pequeña isla habitada en medio del océano Pacífico tan diminuta que no haría falta recorrerla con un vehículo. Una isla con frondosos bosques, altas montañas y a su vez, playas de arena blanca a las que no llegarían residuos plásticos. El hecho de que estuviera perdida por el océano no significaría que no estuvieran  en contacto con el resto de la humanidad, al contrario: conocerían cómo las sociedades más cercanas se organizan y aprenderían de las carencias de su estructura. Este pueblo no estaría gobernado por ningún tipo de  monarquía: ni parlamentaria, ni absolutista, ni híbrida, ni constitucional. El Estado estaría organizado de tal forma que el poder no se obtendría de una forma hereditaria ni su portavoz creería que mandaba por la gracia de Dios, sino por el voto del pueblo. El representante habría sido elegido por un sufragio universal, por parte de la población con una mayoría de edad, con el fin de mejorar la isla y la vida en ella.

Figure que en esta comunidad isleña imaginaria hubiese una igualdad de derechos entre personas. Una imparcialidad en la que no habría un techo de cristal, ni diferencia de salarios, ni una diferente representación, ni usted encontrase al menosprecio pululando por las mentes cuando alguien tuviese una malformación o enfermedad. Tampoco habría ni homofobia ni xenofobia. No existiría ninguna fobia hacia algún tipo de persona. Las personas serían totalmente iguales.

Suponga también que en esta sociedad hubiese un comercio justo y cada uno percibiese una recompensa según lo que aportase a la comunidad. Lo más importante sería qué es lo que podría aportar la persona para mejorarla. En las horas de trabajo, no se aceptaría que nadie aguantase unas condiciones infrahumanas o que recibiera una recompensa menor a lo que se merece. Mientras en algunos países sigue pasando, en la isla no ocurriría.

Considere que otra de las particularidades de este grupo fuese que a nadie le importase con qué sexo se sintiera identificado o si no se sintiera identificado con ninguno. Tampoco le importaría a quién quisiera y con quién compartiría su vida, mientras sea por mutuo acuerdo y no por obligación, podríais disfrutar de vuestro amor libremente. Parece inverosímil que hoy en día los propios sentimientos y la propia vida dependan de terceras personas.

Por último, imagine que en la isla hubiese una educación totalmente pública e igual para todos. El esfuerzo estaría recompensado y no existirían los enchufes.

Estimado lector, en este artículo describo un mundo ficticio, una utopía con la que usted puede estar más de acuerdo o no. Se me quedan muchas características en el tintero, es cierto, pero espero que su juicio interno se haya despertado y se plantee en qué sociedad vive y cómo poder cambiarla si quisiera, con medidas utópicas o no.

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