Un camino hacia la libertad

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¿Quién soy yo?

¿Cómo sentirse libre en un mundo tan social?¿Cómo conseguir una verdadera independencia sin tener que renunciar a vivir en pareja, ser madre….?
Tal vez quienes estén leyendo esto nunca hayan tenido unas inquietudes parecidas o , tal vez,desde algún lugar muy profundo de sí mismos, les hayan asaltado una y otra vez a lo largo de su historia.
Muchas veces me he preguntado porqué yo, porqué entre tanta gente aparentemente adaptada a su propia realidad, yo había sido señalada para no cuadrar con la mía por ningún sitio. La razón: no creo que la haya, simplemente es, como un arcoiris después de la lluvia.
¿Quien soy yo? Me pregunté un día con más valentía que capacidad, a fin de averiguar qué parte de ese yo era la que tanto me hacía sufrir. Nada ni nadie contestó dentro de mí y ese silencio resultó tan grande como aterrador. Despues de eso y durante mucho tiempo, intenté rellenar aquel silencio con información ya conocida a fin de encontrar la calma: quien soy yo según mis padres, mis amigos, mi pareja, la sociedad, mi jefe, el presidente de mi comunidad, mi profesora de yoga, mi gata…
Aquello resultó aún peor, pues hice depender mi imagen de sus estados de ánimo, espectativas, propios miedos o prejuicios. Durante aquella época pasé de ser excesivamente delgada a algo gordita, de mamá 24 horas a mamá arisca, de hija, empleada, pareja obediente a rebelde sin causa aparente…..Y nada parecía mejorar, no estaba más cerca de mí a cada paso que daba, al contrario, cada vez me sentía más alejada de aquello que pudiera catalogar como yo misma, aunque no tuviera ni idea de qué o de quien me estaba alejando.

Hasta que decidí comenzar mi propia travesía por el desierto. No sucedío un día, ni es una travesía que haya finalizado. No hubo un cambio de chip, perspectiva, o ninguna otra cosa que cayera del cielo para convertirme en algo nuevo de repente, no alcancé ningún nirvana, ni sucedió nada que pudiese haber leído en un test de la revista “Cosmopolitan”. Sencillamente decidí alejarme de la orilla, esa orilla que ya conocía y en la que no me reconocía. Decidí no aferrarme nunca más a la opinión de otros para definirme y con otros, tuve que aprender a entender que también me refería a mí. Yo había sido mi peor enemigo y mí juez más crítico y no me había permitido ver más allá de la propia imagen que me había creado con los trozos robados a los demás.

A partir de entonces he de decir que todo cambió ¿a mejor? No siempre ¿más fácil? No, al menos no al principio. Un yo emergente es bastante explosivo. ¿Más auténtico? Definitiva y gradualmente sí.
¿Se quien soy? No.
¿Me preocupa? Cada vez menos.
¿Hace falta tener una imagen definida y determinada de uno mismo para ser? Lo dudo cada día más. Como dice Jose Mota con mucha gracia: ” ser eres”.
Y no hay más pero tampoco menos. Una mujer que vive la vida que decide vivir y que deja de disfrutarla en cuanto intenta encorsetarse en un “lo que debo ser”. He ganado en imperfección reconocida, pues de hecho siempre lo fuí y siempre luché contra ello.
Ahora mis michelines no son un problema, son solo una opción. Ya no tengo defectos, solo características y ni tan siquiera son inmutables. Me permito salirme de mis propios límites cada vez que quiero, aunque solo sea para demostrarme que mi techo de cristal hace mucho que comenzó a resquebrajarse.
¿Y qué ha pasado con la travesía? Pues que continúa, como he dicho antes, pero ha cambiado y es ahora una travesía diferente. Aquello que comenzó como una travesía dura y en solitario es ahora un camino que realizo acompañada por la única persona que tiene la potestad de amarme para siempre: yo misma. Y es en esta parte del camino cuando mi mente se empezó a abrir por fin, cuando comprendí que la verdadera libertad residía en dejarme ser y desde luego, también en dejar ser a los demás. Y es en ese “dejar” en el que me perdí y comencè a desaparecer. Me fui difuminando hasta que poco quedó de mí y me quedé en silencio, expectante, con la curiosidad de ver qué surgiría……..
 
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