Un amigo mío ha sufrido estos días la pérdida de su madre. Un duro golpe. Lo pensaba este domingo, leyendo el pasaje evangélico de la transfiguración, una dedada de miel previa a la pasión.

En la perspectiva del Maestro Jesús, la muerte siempre va unida a la resurrección “al tercer día”, es un paso a la “gloria”. El sentido del episodio evangélico de la transfiguración es precisamente éste: Moisés y Elías, grandes profetas de la pascua (el “paso” de la cautividad a la tierra prometida, el “carro de fuego” que lleva al cielo). Morir es pasar a la vida como el grano de trigo que renace fecundo en muchos granos.

Me gusta usar la palabra “dolor” en el sentido físico, y “sufrimiento” en el sentido mental (“sufrir” + “mente”, podríamos decir). El dolor físico tiene sentido, pues si me doy un golpe me duele, y me hace dirigir la atención a esa zona donde está la herida, y curarla. Cuando el dolor es muy grande, puede desmayarse la persona, por ejemplo si nos pican muchas abejas, y en este caso el cuerpo baja su tono vital, y se concentra en curar el veneno (de ahí los médicos han aprendido a inducir el estado de “coma” para casos graves). Por eso también algunos médicos aconsejan no tomar muchos analgésicos, sino escuchar al cuerpo por ejemplo en una gripe, dejar que el cuerpo se recupere y se rehaga con sus tiempos. Pero una vez el dolor nos lleva a establecer un diagnóstico, y desarrollar una terapia, muchas veces hay que eliminarlo, siempre que se pueda (en algunos casos, se usa la sedación en una fase terminal de un proceso terminal doloroso). Me parece inútil mantener un dolor innecesario.

Lo mismo pasa con el sufrimiento, que es más bien un proceso mental, y no tiene sentido más que durante una fase, para poder superarlo en un nivel de consciencia superior, donde el contexto se agrande y la visión sea más amplia. Es lógico que la pérdida de un ser querido produzca un estado de tristeza, paralela al dolor descrito más arriba cuando no podemos asimilar una situación: baja el tono vital para dejar rehacer el ánimo y poder hacer frente, a su tiempo, a ese evento negativo. Sin embargo, la gran paradoja de la vida es que todo ocurre con un fin, que al final es bueno. Si algo no lo vemos como bueno, es que aún no es el final.

Todo es para bien, es la gran paradoja. Así, la luz nos hace salir de las tinieblas, se pasa de vivir en niebla a una Iluminación. Es un paradigma nuevo donde la mente deja paso a la esperanza: esta vida es un camino de aprendizaje, al lado de una voz, una presencia, una mano amiga que nos guía.


El tiempo de cuaresma nos habla de que en la vida estar abajo o arriba no depende tanto de lo que nos pasa sino de la actitud con que nos tomamos lo que nos pasa. Como en el cuento de la gallina de los huevos de oro, ascendiendo por la dificultad llegamos al tesoro escondido. Es importante saber que existen las cosas de arriba. Aunque no se vean.
“Yo no soy flor nacida para todos los vientos / ni camino perdido para todos los pasos. / Yo no soy pluma suelta de destinos y acasos / arrojada a los aires cual despojo maldito. / Yo he nacido a la sombra de un mandato infinito, / de un misterio fecundo, / donde en letras de estrellas mi sendero está escrito. / Yo he venido a la vida con un nombre bendito” (José María Pemán).

El monte de la transfiguración es un símbolo: lugar de transmutación, una alquimia de pensamiento, la subida no sólo es externa, sino sobre todo interior: abrir los ojos a una revelación, adquirir un «poder» (dynamis, gracia): “poder (dynamis) de Dios y sabiduría de Dios» (1 Corintios 1, 24). Poder que viene de la humildad y flaqueza del dolor, que como semilla da mucho fruto cuando se dan esas condiciones de Vida.
Asimilar esto lleva a una aceptación, que supera la resignación, que sería sufrir pensando que no hay más remedio, sería un sufrir sin esperanza. La aceptación nos hace ver que “esto” que nos aflige no es malo. Es algo más alegre: es saber que esto por lo que paso tiene un sentido oculto, un aprendizaje que me lleva a unas cotas más altas de comprensión, de sabiduría. El alma capta ese nuevo paradigma, a través del amor que es intuitivo, la mente sigue sufriendo en su cárcel, pero menos, lo mismo que la parte sensible experimenta menos dolor. Pero en esa integración de lo exterior dentro de lo más profundo de la persona, lo sensible y lo mental se va permeando de lo espiritual: es un proceso de crecimiento, y cada vez más domina siempre el alma en esa comprensión, ese conocimiento espiritual de que lo mejor está siempre por llegar.

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