Mire lo que mire dentro de mí no termino de penetrar en una zona de mi alma, una zona que no se ajusta a lo que podríamos denominar “oscuro” o “luminoso” (si es que esas categorías siendo válidas en pleno s.XXI), tan solo me encuentro con una película opaca, incolora, antigua. ¿Que decir sobre ella? A primera vista, la esterilidad del pensamiento que se atreve a explorar zonas ajenas a su dominio, zonas donde no es bienvenido, podría parecer suficiente para que este no se realizase; sin embargo esto no es así, gran parte de la literatura se basa en este hablar de lo inefable, en plantear una visión propia de esta zona que se resiste a la interpretación.

Océano, pozo sin fondo, parte animal…Son muchas las metáforas que se acercan (sin éxito) a lo que, sin más dilación, llamaremos corazón. Por mi parte he de decir que veo mucho más sutil la frase que introduce la primera parte de Los girasoles ciegos: “Si el corazón pensara, dejaría de latir” Nos plantea una hipótesis y la resuelve de una manera trágica: el corazón es incapaz de reflexionar, de volver la mirada hacia sí como nosotros al mirarnos en un espejo, de ser así se daría cuenta de sus caprichos insostenibles, sus batallas perdidas, en fin, su ser monstruoso e inocente. El corazón es un acto, un acto
suicida.

No lo denomino suicida por darle un toque dramático, sé muy bien lo que digo. Que casi nunca termine de consumar su naturaleza suicida (puesto que esto implicaría su disolución y ¡dios mío! Lo que más quiere el corazón es vivir) no elimina el hecho de que sea altamente auto-destructivo. He comprobado como la vida me ha provisto de cientos de oportunidades en las que hubiera bastado alargar la mano, decir una palabra o saltar hacia adelante y sin embargo, el pecho se ha cerrado sobre sí mismo como una caracola que se protege de la lluvia. A veces incluso he boicoteado lo máximo posible el momento para
eximirme de responsabilidad al perder todo, enzarzado como estaba en la extraña economía de los sentimientos.

¡Pero, caballero, que usted haya tenido esa experiencia no significa que deba meternos a nosotros en el mismo saco!

Me objetan ustedes. En primer lugar, no me llamen caballero, gracias. En segundo lugar, lo que he mostrado son solo partes que ejemplifican, quizás de mala manera, como el corazón no entiende de la conservación, si no solo del consumo; nadie se libra de las garras del exceso. Es el corazón el que te dice de ir a una fiesta a la que no debes, comprar lo que no puedes, incluso el mismo hecho de subir másrápido que de costumbre las escaleras. El exceso, la pérdida sin ganancia, es solo unas fases de la auto-destrucción; si se viviera siempre en el exceso, perderíamos nuestras reservas tanto materiales como espirituales, y moriríamos sin remedio. A por qué esto no ha sucedido aún, me remito al paréntesis presente en el anterior párrafo.

Se ha dicho que el corazón es auto-destructivo, pero también que quiere vivir, ¿que quiere entonces? Querer. Querer pese a sí mismo, pese a que tenga que arrancarse la piel entrando en un jardín lleno de espinas. ¿Que está prohibido lo que se debe querer? Fantástico, bien se sabe la presión que se puede llegar a acumular cuando cualquier cosa robusta interfiere el cauce de un río… Querer es consumar, consumir, que se devore lo que se ama lenta o rápidamente es secundario. Esto lo podemos ver en las relaciones, su gama es muy variada: desde los amores duraderos donde reina un equilibrio y algo parecido (pero nunca igual) a la paz hasta esas relaciones que brillan intensamente durante un breve fulgor, que se auto-consumen en lo alto del cielo nada más alcanzarlo.

De nuevo, pido que no se me malinterprete. Con consumir no me refiero a lo que se entendería en el contexto de lo denominado “relación tóxica”, es decir, hundir mentalmente a una persona. Las relaciones se gastan, las personas se gastan, son los mismos hechos, que interactúan con nosotros, los que nos gastan, una relación donde no ocurriese nada no sería una relación. Gastarse juntos, entre ellos, con placer y violencia, eso es una relación.

 

Dado la naturaleza paradójica que tiene el corazón, ¿donde hallará el placer y el displacer más intenso, donde hallará a su semejante que a la vez le será extraño? En otro corazón. O para ser exactos en otro querer, en los máximos posibles. ¿Acaso no es la gloria el deseo secreto de muchos de nosotros? Muchos podrán decir, con la mano en el pecho, que esto no es así, pero mantienen la misma dinámica de buscar el querer de otra gente, solo que en menor cantidad y mayor calidad, véase en la familia, en los amigos o en
la pareja.

Si el corazón ya es auto-destructivo de por sí, en contacto con otros solo potenciará lo que le hace único, se dejará empapar y entrará en una guerra que puede crear tanto grandes palacios como vastos desiertos. ¿Por cuál se decantará, sin embargo? Volvemos a la opacidad que decía al principio, a una incertidumbre que nunca se transformará en fe: si, podemos especular y aproximarnos a nuestro corazón, pero nuestro corazón-con-otro es elevar al cuadrado las posibilidades de ambos, o lo que es lo mismo, multiplicar el absurdo y la locura. Es normal que el corazon tienda al auto-engaño en la mayoría de las relaciones amorosas, si se viese en ese estado tan similar a la paranoia y al trastorno compulsivo, dejaría de latir…

Otra característica que podríamos atribuirle al corazón es que desconoce el tiempo. Es la racionalidad la que nos impone las nociones de “pasado” y “futuro” para conservar a la especie, tanto a nivel individual como a nivel colectivo. Toda vida en sociedad evita al máximo que sus integrantes vivan de manera total en el presente, puesto que implicaría dejar aparte todas las responsabilidades que tiene cada individuo y que sostienen el colectivo. En los contextos donde la racionalidad deja paso a la irracionalidad, véase,
bajo el efecto de las drogas o bajo el efecto de un estímulo social muy fuerte como un juego se puede ver perfectamente a lo que me refiero: las raves no son tan distintas de los parques infantiles que protagonizaron nuestra infancia, muchos de los que están ahí no quieren volver nunca a casa…

El tiempo es equivalente a la intensidad del momento, la eternidad, paradójica para el cerebro, es un juego de niños para el corazón que entiende que esta puede durar “a veces, hasta un segundo” Que desconozca el tiempo contrasta con que su característica principal es gastar lo que desea, saciarse y marcharse. Se podría decir que mientras el corazón actúa y disfruta, siente que quiere que sea para siempre, pese a que la vida real le demostrará que eso no puede ser así. Incluso él mismo se daría cuenta, si pudiese pensar, pero como ya se ha mencionado, eso es poco deseable. La necesidad de sentir cosas nuevas choca con el paraíso perdido que guardamos dentro de nosotros, que es tan solo un recuerdo que siempre se repite y donde fuimos felices, un momento donde éramos todavía iguales a nosotros mismos.

En conclusión, el corazón es un señor de extremos.

Nadie sabe lo que tiene en mente, siempre guarda un as en la manga, ya sea para usarlo para nosotros o contra nosotros. Es un pequeño tirano que nunca desaparece de nuestros actos, desviándolos siempre de su dirección primera. Lo toleramos porque no nos queda otra, pero también le debemos reconocer que sin él quizás la vida fuera mucho más aburrida, y seríamos teclas de un piano, como lo que deja a entender el protagonista de “apuntes del subsuelo”. Excede nuestras pobres categorías, mientras que nosotros, con una paciencia que siempre está a punto de romperse, contemplamos con unas gafas sucias sus movimientos esbeltos y felinos.

Para el ojo más fino, verá que el concepto de “exceso” y “consumo” son de Georges Bataille, lo reconozco abiertamente, puesto que son conceptos muy útiles a los que todavía estoy en proceso de resignificar y hacerlos míos, dando paso a nuevos conceptos. A los interesados en ese filósofo, recomiendo “Las lágrimas de eros” o “El erotismo

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