Se sabía. Y se advirtió: el 155 no se activó sólo contra Cataluña. Fue un ensayo. Es un comodín para ser aplicado tantas veces sea necesario a fin de fortalecer la posición del gobierno y bloquear cualquier solución democrática. Porque la historia es la judicialización de la política. Cuando se carece de capacidad para el diálogo, para tan simple cosa como escuchar, se recurre a la Justicia, siempre en la esperanza de que algún juez siga la consigna del partido. Que la fiscalía es “del Estado”, pero parece no entender la diferencia entre Estado y gobierno. Y, cuando los tribunales europeos y los periódicos europeos –no menos propiedad del sistema que los españoles- critican, comentan o condenan alguna actuación de dudosa calidad democrática, sus oídos sordos movilizan un extraño sentido “patriótico”, más bien patriotero, para acusar a Europa de “complot anti español”. Redivivo fantasma del pasado.

Capaces de poner a trabajar todos sus recursos retóricos, los medios de Pepe Joly quieren demostrar que Abascal y Smith no existen. “Franco no tiene herederos”, dice y no se avergüenza. Dice sin reparos que “se está reparando a los asesinados por el régimen” ¡Ay, Carlos, Carlos! se nos habrán escapado las exhumaciones de “Pico Reja”. ¿Ya están en su sitio los restos de Blas Infante? ¿Y le han dado sepultura con el respeto merecido? ¿Y el alcalde de la Bandera? ¿Y Federico García Lorca? ¿Y…? ¿Y…? Por favor, Carlos, guíanos. Estamos perdidos en este descubrimiento tan apasionante que acabas de hacer. No sabes qué alivio tu información. Entonces, ¿Abascal, Casado, Rivera y Smith son sólo irrealidad virtual? ¿Son hologramas? Pues, por favor, ¿para qué nos martirizáis con ellos?, dejad ya de proyectarlos.

Ya se ve: la realidad (virtual) supera a la ficción. La otra también, que conste. Así que, como Franco no tiene herederos, el trifachito no existe. Y lo de denunciar en el Juzgado a la oposición por criticar su forma de gobernar y por el contenido de algunas de sus campañas, eso sólo es acción del ilusionismo. ¿De verdad? Hay que tener imaginación. O ganas de ocultar las locuras del trifachito. No es un 155, ya, ya. O simplemente no se cita el artículo, para no quemarlo, que es bueno guardar el numerito para momentos clave. A veces el número es tan importante que es lo de menos, por eso se oculta. No hay más que recordar aquel 144 que, en un mes, desapareció de los papeles, sin que desapareciera su contenido y su efecto. Pero el sentido es el mismo: es la insana y nada democrática costumbre de recurrir al Juzgado cuando su (in)capacidad para gobernar por culpa de su peculiar sordera, les pone en el (para ellos) insufrible aprieto de soportar las críticas de quienes no pueden comulgar con las ruedas de molino de su intolerancia. Todo en este mundo es política, pero hay formas de practicarla. Está el caso de Napoleón III, emperador de los franceses, quien, pese a su reconocida convicción derechista, buscó para su gobierno a los más preparados, a los más eficaces, sin importarle de qué ideología venían. Luego están los que se llaman políticos, incapaces de quitarse el muñeco burlesco del IBEX, porque no pueden doblar el brazo y al final, muy al final, aquellos que, como no saben buscar soluciones a la medida de la mayoría, quieren imponer las pensadas a su propia medida, cueste lo que cueste. Aunque cueste correr el riesgo de toparse con un juez con sentido de la Justicia, que pueda tumbarles su obsesión totalitaria.

Unos confunden Estado y gobierno. Otros, y los mismos, aunque no existen (dice Carlos) ven fantasmas de “leyenda negra”, complots “juedomasónicos” en la repulsa a sus desafueros. Y otros, más listos, intentan convencernos que estos no existen, porque Franco “no tiene herederos”. Después resultará que no, que “no he dicho tal cosa, lo que pasa es que hay un complot…” y tal y tal (que Gil “tampoco existió”). La cerrazón de quienes dirigen y de quienes aspiran a dirigir, la irresponsabilidad de su autoritarismo, tan rallano en una de las ideologías más aborrecibles del siglo XX, inducidos por su propia convicción ideológica y quienes les siguen por  conveniencia o ignorancia, siguen manteniendo amplia distancia con la civilización.

Pero judicializar la política, es decir, la vida, tiene un efecto positivo: ya podremos denunciar al gobierno por no tener un plato de lentejas con que consolar al estómago.

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