Salud y condiciones laborales

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Nos movemos al ritmo de la economía, intentamos ajustarnos a las exigencias que nos demandan las condiciones de producción que sustentan a nuestros países y naciones. Constantemente estamos sobrepasando nuestros límites para poder llegar a los entándares de ganancia o beneficio.

Hoy en día es difícil encontrar un lugar en el globo terráqueo donde la calidad sea más importante que la cantidad. Desde la época industrial nos hemos estado adecuando a la velocidad y manera de producir de las máquinas. Todo este ejercicio de repetición en cadena nos ha supuesto una determinada manera de vivir y convivir.

No se trata de capitalismo o comunismo, sino de entender el impacto que ha ejercido sobre nosotros las condiciones laborales en nuestra vida particular y social. Aunque son muchos los esfuerzos y logros para mejorar las condiciones de trabajo, aún queda mucho por hacer, sobre todo en países en vías de desarrollo.

El deterioro de la calidad de vida es directamente proporcional a la manera en que se gestiona la economía. Es un ejercicio de libertad, humanidad y dignidad, el revelarse contra las condiciones de trabajo que degeneran nuestra salud mental, social y física.

En ocasiones no es fácil decir que no a unas condiciones laborales que sabemos atentan contra nuestra salud y dignidad. Desde las largas jornadas de hasta doce y catorce horas, pasando por la falta de profesionalidad y consideración de algunos patrones, hasta llegar a las lamentables condiciones de seguridad e higiene de algunos lugares de trabajo, nuestra calidad de vida disminuye considerablemente.

Más que un ejercicio de legalidad, la justicia laboral debería gestionarse, también, a través del cuidado mutuo entre unos y otros. En época de recesiones económicas la salida no puede ser siempre el todo vale. Es un problema de salud pública que debemos encarar con mucha seriedad.

Tendríamos que tomar consciencia que la calidad de vida que le estamos dando a nuestro organismo, va configurando la condición de las futuras generaciones. El cambio tiene que ser de dentro y de afuera. La salud que tenemos hoy será la herencia de nuestras generaciones venideras.

No hace falta que pase un gran número de generaciones para ver el impacto que ha tenido en nosotros ciertos momentos históricos. Bien sea desde una dimensión social o biológica, las consecuencias de los acontecimientos generacionales son palpables en todo momento.

La influencia que recibe el genoma humano en un determinado momento condiciona las posibilidades biológicas futuras. La calidad que decidamos poner en nuestro ADN dependerá de las decisiones que podamos imprimir a nuestra vida mediante nuestro pensamiento crítico.

Sería una opción buscar la calidad antes que la cantidad, así nos habituaremos a la mejoría de las condiciones que configuran nuestro entramado vital y social.

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