Pienso, luego viajo

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Hoy recordé esta pregunta que alguna vez escuché o leí: si un árbol cae en el bosque, y no hay nadie allí para oírlo, ¿hace ruido?

Gracias al azar mensual de mi plan de vuelo, el destino esta vez me llevó a la ciudad de Mendoza en Argentina, donde aprovechando el excelente día que tocó, realicé un tour en la zona andina, y aproveché para hacer mi tarea de cubrir esta nota.  Es un área de muchas montañas, y dicen que a las montañas se las contempla en silencio. Eso hace que reflexionemos mucho… Así que te invito a viajar conmigo por esta provincia argentina, mientras te cuento los pensamientos que me han surgido a raíz de este tour.

Cuando el guía nos iba explicando lo que el camino hacía nacer y aparecer, lo escuchaba atentamente mientras miraba el paisaje, con sus formaciones rocosas y su particular talante… En lo personal, soy agnóstica (ante la pregunta acerca de si un dios existe, suspendo el juicio y mi respuesta es “no sé), pero al ver todo lo que me rodeaba empecé a pensar que parece haber una cierta lógica (al menos en la mente humana que la entiende y la crea) y que parece estar presente en todo el ecosistema (nótese que mi agnosticismo es muy fuerte ya que aún insisto en marcar que puede ser solo una “apariencia”, pero no descarto que podría comprobarse su realidad y verdad)… El guía nos comentaba, entre muchas otras cosas, sobre las aves características del lugar, entre ellas, las de rapiña, como el cóndor andino, que son las “limpiadoras de presa” que concluyen la cadena alimenticia… Incluso las formaciones montañosas tienen una razón por la cual son de esa forma: el suelo sigue plegándose y las forma, y aún siguen creciendo, especialmente en esa zona donde dos placas tectónicas se unen, provocando terremotos que las generan… Esto me pareció fascinante: que haya una cadena alimenticia que ordenadamente finalice con un ser que se alimenta de lo que ya nadie más come, y que algo que parece inerte e inmóvil como una montaña siga modificándose, y con ella, el paisaje mismo… Que en este mundo la naturaleza tenga tantas ganas de hacer prevalecer la vida que haya vegetación especial y adaptada hasta en los lugares más inhóspitos, con los minerales necesarios para la vida en esa zona, y que el ser humano incluso se pueda adaptar a ellos, y construya su propia cultura en función de ellos.

Cuando el guía nos dijo “Atención porque a su izquierda verán la montaña más alta de Latinoamérica: el Aconcagua, de casi siete mil metros de altura”, casi lloro de la emoción. Verla ahí, a lo lejos pero enfrente mío, majestuosa, realmente era algo imponente. Me sentía pequeña frente a la naturaleza, frente a algo que tenía millones de años, que estuvo ahí desde muchísimo antes de que yo llegara para verlo… pero sentía esto en un sentido agradable que no me sale explicar muy bien en palabras…

Y empecé a pensar que era una suerte poder estar allí, admirando toda esa naturaleza, porque cada lugar necesita de un viajero que lo experimente y lo contemple… Puede que el Aconcagua siempre haya estado allí, pero para mí empezó a existir realmente cuando yo me emocioné al verlo enfrente mío. Y ahí me di cuenta: disfruto realmente de viajar. Porque viajando hago existir al mundo que me rodea… y es mi propósito que los demás puedan hacer lo mismo.

Si un mundo existe pero no se viaja para disfrutarlo, ¿existe de verdad? Mi respuesta, cambiando un poco el título de esta nota, sería “No. Viajo, luego existo”.

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Alejandra de Picciotto
Alejandra de Picciotto, cuyo pseudónimo literario es Alura, es una nómade del Cielo. Nacida en una pequeña localidad del oeste suburbano de Buenos Aires, en Argentina, actualmente se desempeña como Auxiliar de Vuelo, aunque su primera carrera fue como Docente, Profesora de Inglés, que sigue ejerciendo simultáneamente de distintas formas. También es Coach, escritora y bloggera en www.aluratravels.com . Cuando no está volando, está tratando de cumplir sueños en la tierra, porque tiene la gran convicción de que los sueños se han hecho para cumplirse. "Amo las historias de sueños cumplidos" :)

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