PARIDA PARIDAD

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Una nueva vuelta de tuerca en la imposición de la valleinclanesca “desigualdad igualitaria”. La política de gestos hace más héroe a D. Ramón María del Valle Inclán. Un día sí y otro también, la política española nos sorprende con nuevos “gestos” en pro de una supuesta “igualdad” de géneros

¿Conseguiremos igualdad de trabajo y sueldo? ¡Cuidado! Eso supondría que la gente sea contratada y ocupe puestos por méritos y no por porcentajes. ¿Veremos desaparecer las noticias de malos tratos y de asesinatos? (¿O habrá que decir mujericidios?) Eso no lo ha conseguido ni la esperpéntica y discriminatoria Ley, pomposa e indebidamente llamada “de género”, cuando solo es “de violencia contra mujeres”.

Que las monedas lleven el mismo número de rostros de hembras y varones célebres, no pasa de estulticia profunda. Una más. No servirá para encumbrar a la mujer, pero sí para ocultar al hombre. Porque hay lo que hay y es imposible inventar la historia por más que lo intenten muchos. Por lo tanto –y es otra prueba de que las autoridades no buscan la igualdad con estas leyes y estos actos- si deben aparecer el mismo número de rostros de ambos sexos, quedarán fuera muchos hombres ilustres. Muchas personas que han sido importantes para la vida humana, que han ayudado al progreso, quedarán ocultos en tanto el número de ellos supera con mucho al de ellas. Así ha sido; no se juzga. Para igualar a hombres y mujeres hay que empezar por educar desde la infancia, por condenar actitudes discriminatorias, por impedir que prepondere un sexo sobre otro. Pero se está haciendo justamente lo contrario.

A la paridad le sobra la última d.; cuando se legisla para mejorar, se debe cuidar la coherencia; pero cuando se pierde el sentido del ridículo se hacen paridas. Y las del Parlamento no son bromas ni aciertan en el remedo. La igualdad solo llegará cuando no sea preciso añadir al diario un suplemento femenino donde el objeto es el hombre -hecho que no provoca quejas ni ha planteado la necesidad de un “Instituto del Varón”-. El suplemento se sustenta en la necesidad de atraer lectoras, pese a que el diario no está dirigido a un sexo en particular. Pero es ofensivo, porque supone que las mujeres no leen periódicos, sino modas, cocina y “trapitos”..

Hablar de número es brindar al sol en busca de votos ignorantes o subvencionados. Lo procedente son los porcentajes; que, a su vez, deben estar supeditados a méritos reales, objetivos. Lejos de exigir igual número de cargos en la Empresa, en el Ejército o en política, el criterio sensato es el mérito y, dentro de él, la proporcionalidad. La igualdad solo llegará cuando nadie sea elevado, ni siquiera principalmente considerado, por formar parte de un colectivo, ni racial, ni lingüístico, ni sexual.

Pues el feminismo galopante parece no aceptar tan elemental principio  justo, lógico, humano y constitucional. Ahora, en línea con otras mal llamadas conquistas –mal llamadas, porque discriminan a la mitad de la población- pretenden imponer paridad –no igualdad, no proporcionalidad– en las exposiciones públicas, en Museos y Salas de arte.

Alucin-Arte. Nadie ha pedido facilidad para que todos/todas/niños/niñas, tengan las mismas máximas posibilidades de practicar arte. Simplemente, una vez más, se recurre al demagógico “principio” de que los museos programen el mismo número de exposiciones de hombres y de mujeres.

¿Qué diría la Roldana? ¿Qué dirán Carmen Laffón, Ouka Lele, Zaha Hadid o tantas artistas consagradas y tan reconocidas como cualquier varón?

El feminismo oficialista galopante nos está llevando a situaciones dignas de Marx (de Groucho, que aquí hay mucho “groucho-marxista): También piden paridad en el ejército. Paridad, no de presencia, sino de oficialidad, para que pueda existir una discriminatoria desproporción. La desproporción de esta propuesta, llevaría al absurdo de que todas las mujeres militares (¿o militaras?) tuvieran que ser, como mínimo, capitanes (¿o capitanas?). Pues hay muchas menos mujeres soldados que hombres. Tantas menos, que, para cumplir la ley, habría que llevar más mujeres al ejército.

Veamos: harían necesario imponer el reclutamiento forzoso femenino. “solventar” una desigualdad natural con otra dictatorial. Pues cumplirla supondría una flagrante ilegalidad: la del reclutamiento forzoso de féminas.

¿O hay que decir “soldadas”?

Pues ya empezamos. También pretenden aplicar la igualdad en el género gramatical. Así que, a partir de ahora, si la lengua la hacen los políticos, en vez del pueblo llano, recogida por los lingüistas, vamos a tener más de un problema de comunicación. Porque el/la general, es un alto cargo militar. La generala es un toque. Puestos a tocar ¿habrá que tocar la generala o a la generala? La mujer se podría enfadar. Y con razón.

El/la soldado es un oficio. La soldada es un sueldo. ¿Nos darán de paga una “militara” a partir de ahora? Y ¿qué hacemos con el recluta? Habrá que llamarlo “recluto”. Que esa es otra. Si se iguala en una dirección, también habrá que igualar en la otra. O en el otro. ¿Y por qué solo en una dirección? ¿No puede ser en un dirección y una direcciona? No, si nos haremos un lío.

Hay expresiones más graves: el cabo es el cargo más bajo en la escala. La “caba” es una mujer de vida “demasiado alegre”. A lo mejor, en vez de orgullosas se sienten ofendidas. Con razón. Hay más: un/una soldado raso, es un soldado. Una soldada rasa viene a ser la monnalisa. No les va a gustar ni al lucir hermosas delanteras, ni al sentirse señaladas por su falta.

Esto pasa cuando se legisla para ganarse a un colectivo, en vez de para mejorar la vida del ciudadano. Se empieza discriminando al hombre, con el imposible añadido de “positiva” y se termina apartándolo, para hacer necesarias las asociaciones de defensa del varón, y para ridiculizar a quien, en teoría y solo en teoría, se pretende llevar a la igualdad. Mejor sería que los legisladores afinen y dejen el idioma a quienes saben.

Ya, ya, inocente que es uno.

 

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