Esperamos tranquilamente nuestro destino, desde un punto de vista para nada
cercano. La brisa suena grave, mientras todos nuestros sentidos se centran en el
objetivo. Protagonistas de nuestra propia historia, no vemos la hora de acabar con lo
empezado. Vapores tóxicos, ruidos, llantos. Todo disimulado tras un mantra de cotidianidad y humanización.

Un sentimiento de lo trascendente nos aleja de lo actual, de lo sensible. Cuando el
camino de llegada estaba trabado por deslizantes losas lagrimeantes, intentamos que
nuestro lloro se convierta en acuarela de cambio en sus lienzos. Todo salpicado de
necios oídos que mantienen nuestro paciente estado de inconexión. Nos exigen límites infinitos y sus corazones multicolores se hacen más fuertes.

Suenan las trompetas de la derrota y salimos de nuestro trance para profundizar más
en él. Suenan antiguos proverbios demasiado familiares. Una coherencia que ya está rota y que no sabe más que esperar a que se retome el ciclo.

 

 

La fundición (1872-1875?), Adolph Menzel, Alte Nationalgalerie de Berlín

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