Con esta poderosa frase, Gata Cattana conseguía resumir perfectamente el estado actual de una sociedad a la deriva, arrastrada por las corrientes de la posmodernidad. Y es que, es fácil ver cómo nos hemos desconectado permanentemente de la vida, para contemplar el Espectáculo desde la comodidad de nuestras pantallas.

Ya en 1844, Karl Marx dijo que la religión es el opio del pueblo, pero este axioma, que ya denunciaba la pasividad de un rebaño que se negaba a observar y profundizar en los problemas de sus estructuras, cobra una nueva importancia en pleno siglo XXI. Las cosas han cambiado más bien poco. Y la religión no es la culpable esta vez.

Desde el otro lado de las pantallas, se busca que desconectemos de la realidad tangible que nos ha tocado vivir. Preferimos el signo al significado, la imagen a la esencia, el envoltorio al contenido… porque desde la comodidad y seguridad que nos ampara tras la internet o la televisión, todo es más bonito. Estamos (casi) todas las personas del mundo conectadas y no tenemos una necesidad de actuar en el mundo real, solo hemos de contemplar y si eso opinar por alguna red social. Somos ovejas que gracias a los avances tecnológicos, también hacemos “¡Beee!”.

¿Por qué todo este discurso misántropo a estas alturas?” Podría pensar cualquiera que lea estos párrafos.

Pasa que estoy hastiado de este endémico problema que afecta a nuestros tiempos. Los telediarios dedican más tiempo a la última superestrella fichada por cualquiera de los grandes equipos de la liga de futbol nacional que a las incontables víctimas ahogadas en el Mediterraneo. O que a cualquier otro tema social de actualidad. Por no hablar de los reality shows que infectan varias cadenas de televisión ya, donde preferimos gastar el poco tiempo de vida que tenemos viendo cómo vive otra gente, en lugar de vivir nuestras vidas.

 

 

Por supuesto, esto afecta a todos los niveles y planos de la sociedad. Generalizando mucho, sales a calle y los tíos hablan del Madrid y el Barça, y las tías de tronistas y pretendientes. No hay lugar a conversaciones sobre los casos de violencia de género o sobre la precariedad de los contratos estivales que muchos jóvenes hemos de vivir para poder salir adelante. La cultura, el arte y la ciencia también caen en olvido, relegados a los pocos frikis que aún conservamos entusiasmo por alguno de estos temas y a la gente que ha hecho de ellos su profesión.

Cómo mucho sale en las noticias algún reportaje que informa brevemente sobre algún tema de verdadera importancia (para seguidamente dar paso a los deportes o cualquier otra noticia chorra) y se discute sobre el susodicho durante un corto periodo de tiempo por quienes lo han visto, para después caer relegado al olvido o a alguna anécdota graciosa.

Sin embargo, el circo tiene continuidad. Para todas las funciones, regresas a tu asiento de espectador porque suceden nuevas cosas. Cuando no es que Messi se ha lesionado, es que Benzemá ha sido multado a 200 por hora por la M-40; por ejemplificar. Y con esta clase de sucesos es como hacen para que cada noche volvamos a pagar la entrada y olvidarnos de lo que queda fuera del circo.

Tampoco quiero decir que estas distracciones, u otras actividades y pasatiempos sean intrínsecamente malvados. El futbol es un deporte respetable y que comprensiblemente provoca una gran gama de sentimientos y pasiones en sus aficionados. El problema reside en que existen dos o tres grandes equipos, que acaparan a la mayoría de aficionados a este deporte, quienes solo tienen ojos para estos equipos y quienes han hecho de sus logros y derrotas, sus cruzadas personales. Al final algo noble como el deporte se convierte en una herramienta mediática y política. Un engranaje más de este ya viejo sistema.

Hablo de familias separadas por que sus miembros son de un equipo u otro, y la ceguera producida por este conflicto, impide que esta unidad familiar conviva. Es como el conflicto de la pizza con o sin piña, o su símil español: la tortilla de papas con o sin cebolla; pero incluso más estúpido ya que en estos dos últimos “conflictos”, aunque también carezcan de un impacto real sobre nuestras vidas, al menos nos obligan a ser partícipes, basándonos en lo que nuestro paladar prefiera.

 
Es necesario desconectar, levantar la vista de la pantalla, quitarnos la venda y abrir los ojos. Devolver la entrada y huir de este circo de negra pena, que más que un circo es una jaula virtual.

 

“Nos han dado un circo malo, pero nada de pan” – Los Siete contra Tebas, Gata Cattana

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Albert Limon
- Jefe de redacción de Revista LOA - Alquimista de la palabra - Futuro graduado en Estudios Ingleses -

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