La autoridad, lo hegemónico, procede de muy diversas formas a instalarse y ejercer poder tanto en lo individual como en lo colectivo. Eso se traduce en el control de los movimientos sociales, de los proyectos, de las tendencias y deseos tanto grupales como personales, si no son acordes al régimen.

El estado tiene ahora más competencias que nunca en la realidad social y en la vida, en todos sus sentidos, de la gente, a través de la fragmentación del poder en distintos puntos de la realidad: ya sea por medio de su inserción en redes, de la vigilancia exhaustiva, del establecimiento de normas que se traducen en comportamientos y dinámicas… Aún así, y con todo, las instituciones carcelaria, policial y militar son las explícita y fuertemente organizadas. Aquí hablaremos de los maderos.

Teniendo en cuenta los sesgos de individualidad y heterogeneidad que se pueden dar en todo grupo, aquellos cuerpos que son creados, financiados, organizados y legitimados por el régimen gozan, como cualquier organización que tienda a imponer, de una homogeneidad sin precedentes. Por no extenderme mucho, tomo como base la idea de que entrar a formar parte y colaborar en cualquiera de estos grupos implica: una aceptación de sus principios; un apoyo a su constitución y pretensiones a través de la acción; y una subyugación total y consciente a su orden, a su norma, a su poder. Así, considerar idéntica a toda persona perteneciente a tales cuerpos es, cuando no necesariamente cierto, necesariamente práctico. Todas sus funciones se adscriben del lado de la máquina estatal y, por ende, económica, heteropatriarcal, tránsfoba, racista y todas su muchas otras caras contra la emancipación. Entenderlos de manera unívoca nos ayudará a actuar contra ellos.

Aquello que es identificado con otro se ve como un potencial peligro ante el mantenimiento rígido e inamovible de la norma. Existir como sujeto divergente, desde la exclusión, es una forma directa y radical de rebelión, pues cuestiona precisamente que el modo de vida impuesto sea algo “bueno”. Estar dispueste a perderlos supuestos privilegios que nos otorga el vivir en el lado de la norma es un canto a las posibilidades y salud que se cosechan en los márgenes de la subversión.

Con la violencia como vehículo asegurado y fomentado por el estado, tales tendencias intentarán ser frenadas siempre. Puedes gritar si lo que sale de tu boca está previamente filtrado por el criterio normativo y resuena dentro de las frecuencias del poder. Pero si gritas desde fuera, quebrando sus ondas sonoras, planteando la insumisión como posibilidad emancipatoria, la línea que contiene su mundo puede romperse, generando nuevos mundos o volviéndose ilímite. Y eso, eso es precisamente lo que más temen: que su control no llegue a esa expansión de lo real.

Así, repartiendo porrazos, yendo armados, luciendo superioridad, disfrutando de ser impunes, acceden de manera directa a planos en los que la violencia física y mental se vuelven cotidianos, agobiantes, limitantes. Las calles y las personas no están siendo protegidas, están siendo vigiladas. Y todo en pos de mantener la estabilidad del régimen.

La policía no merece respeto ni sumisión, ni siquiera revisión: necesita ser destruida. Hay que activarse, perder el miedo, aún con todas las trabas que nos han sido puestas de por medio. No podemos olvidar nuestro lugar en el mundo. Y, en nuestro mundo, en ese mundo más allá de la norma, la policía siempre será santo de nuestro vómito. Luchar, no ceder, preocuparse y prepararse. Juntes podemos más que ellos. Y, con esa fuerza, resistir tiene que volverse posible, normalizarse.

En definitiva: solo existe una solución posible contra ese lastre que impedimento (y lleva haciéndolo siglos) más aún el avance de los movimientos que habita los mundos de los que hemos hablado; la lucha activa y directa, para así poder llegar de una vez por todas la destrucción de todo cuerpo que se conforme como herramienta en beneficio del poder. El mundo sin policías, necesario. Creemos nuestra propia red de seguridad y cuidados.

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Vic García
| Redactor | ‌Hola, soy Vic. Detesto las descripciones asépticas, así que, siendo breve, puedo decir que me gusta hacer ruido con instrumentos, destrozar papeles poniendo garabatos y algún que otro poema en ellos, las raves, el jipi japa (hip hop), y, cómo no, montar grieska en las calle cuando toca. A menudo también pienso en ontología, espiritualidad y en qué le pasa a los centros de salud mental en Españistán. Ah, sí. Y nací un 4 de marzo de 1999, en Asturias, por si alguien quiere felicitarme.

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