MESAS VACÍAS 1

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Yo soy de esas personas que, desde muy niña, tenía problemas estomacales. Crecí oyendo cosas como:- la nena me ha salido malcomiente,

-es que tiene el estómago débil, como su padre,

– ¡no puedes tardar una hora para comerte un bocadillo…!

No había llegado aún a la adolescencia y ya tenía hecha mi primera gastroscopia que, por supuesto, dio negativa, lo que reforzó la creencia paterna de que no me gustaba comer y de que, el dolor casi constante era cosa de nervios. -es que la nena es nerviosa. – decían. Para colmo siempre estaba cansada así que me gané otra medallita, la de vaga. ¡Claro, si comieras mejor! -me decían, tendrías ganas de hacer más cosas y no pasarías tanto tiempo tumbada.

Con veintipocos años y, después de una época de estrés, me diagnosticaron fibromialgia. Debí ser la más joven de la provincia, pues eran los inicios en aquel diagnóstico y, como soy muy chula, pues también me tocó uno.

Y el tiempo fue pasando y yo, no convencida con ninguno de los diagnósticos que me habían dado, fui haciendo mi vida sin ningún tipo de medicación, eso sí, seguía cansada, dolorida, con malestares estomacales, migrañas, síndrome del colon irritable, etc.

Cada diez años, más o menos, visitaba a un especialista del estómago que me repetía la gastroscopia, siempre con el mismo resultado: todo bien. – Eso debe ser somático, es que los nervios son muy malos si atacan al estómago.

Y todo hubiese seguido igual sin la llegada de mi hija, pero Sabrina llegó, trayendo consigo una alegría que no tiene comparación y también un agravamiento de mis problemas estomacales, migrañosos, musculares, incluso cutáneos, pues olvidé decir que también tenía diagnosticada piel atópica. Y la rueda volvió a empezar. Esta vez, añadieron a la gastroscopia habitual una colonoscopia, buscando una celiaquía. – ¡Ojalá sea celíaca! – me decía a mí misma intentando encontrar una razón para una sintomatología cada vez más molesta y más extensa. ¿Y qué sucedió? Nada. -Debe ser estrés señora, porque las pruebas están perfectas.

Cansada de tanto vagar y desesperada por tener que cuidar de una niña pequeña sin encontrarme bien, decidí probar algo nuevo. Varias veces me había acercado al tema del vegetarianismo, pero sin el respaldo de un nutricionista. Esta vez, de la mano de dos nutricionistas veganos, decidí comenzar un cambio nutricional. Lo primero que me dijeron al escuchar mi caso me sorprendió: -déjate el gluten. -Pero si no soy celíaca- contesté.

-Bueno, aunque no lo seas, déjalo. Haz la prueba.

Me mantuve dos años sin tomar absolutamente nada de gluten y ¿cual fue el resultado? Más energía, menos dolores de cabeza y olvidarme de que tenía estómago. Nunca más volví a saber lo que era un dolor de barriga, náuseas, diarreas… también desaparecieron los problemas de erupciones en la piel. Lo único que no desapareció del todo fueron los dolores musculares.

Pero no todo fue de color de rosa,  al principio intentar evitar el gluten fue casi imposible socialmente. Me  quedé hecha un espárrago por falta de alternativas de comida y, en las reuniones sociales, me acostumbré a ver las mesas llenas de comida y sin embargo, vacías para mí. Por fortuna, la sociedad se estaba abriendo a problemas como los  míos y los alimentos sin gluten comenzaron a aumentar en herboristerías y algunos supermercados. Tanto me identifiqué con aquel proceso  de cambio, que hasta aprendí a hacerme mi propio pan para no tener que comprarlo, pero lo más importante de todo, aprendí que otra forma de vida podía ser posible.

 

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