Me he arrancado el corazón

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Las puertas se cierran, las escasas fuerzas se escapan por las rendijas y el aire silba entre las alambradas; los pies llenos de llagas, las manos rotas y la piel arrancada a tiras por las concertinas. Miro sus ojos y la espuma del mar cubre el dolor, el miedo, la incertidumbre, la soledad y el amor de los que quedaron atrás a la espera de la tierra prometida, del maná del norte, promesa que quizás jamás pueda cumplirse.

Mañana, cuando nuestros huesos se hayan convertido en arena, cuando nuestras palabras sean un susurro, cuando nuestra sangre sea el agua que alimenta la tierra; mañana, cuando la historia hable de nosotros, recordarán un nuevo exterminio, una nueva barbarie fundamentada en la protección incierta de un estilo de vida que lleva a la muerte para mantenerse.

Palabras ahogadas, niños, hombres, mujeres, miradas, sentimientos, emociones, caricias, besos, sueños ahogados y perdidos en un Mediterráneo profundo y oscuro; retenidos en una cerca de metal fría e inhumana, en una casa de tela, en un desierto de minas.

Lo he visto, y he visto a sus hijos, a su madre, al padre que espera, a la esposa que escucha a lo lejos buscando la voz de quién partió y recuerda la risa, la fina dureza de sus caricias, la mirada indiscreta, la pasión, el deseo, el amor; lo he visto y he visto al hombre que, paso a paso, deja un trozo del alma abandonada, pesada carga que le impide andar.

¿Te atreves a condenar? ¿Te atreves a mirarlo a los ojos?  ¿Y si mañana el desierto avanza? ¿Y si mañana eres tú quien aguarda en la choza la llegada de tu hijo que partió al norte? Arráncate la piel hasta llegar al corazón y siente su latir: es su mismo corazón.

Me cuentas que abrir las puertas, que extender tus manos, que quitar fronteras es hambre para todos. Me dices que luchaste por lo que tienes, que debes proteger a tus hijos, que es necesario un muro de piedra, de agua, de metal para separarnos, para protegernos… Y yo te invito a que levantes la mirada y veas el hambre en un niño de cinco años, la sed de quien no tiene un vaso de agua, el frío de una casa de lona clavada en la arena. ¿Tú qué harías? ¿Levantarías tu mano? ¿Te quedarías en la jaima esperando la muerte? ¿En el sillón de tu casa? ¿O lucharías por la mirada de quien amas?

No lances palabras como balas, no lances condenas como guijarros, no lances odio a través de la ignorancia; no, tú no eres el culpable, no te defiendas con balbuceos programados, con sinsentidos huecos, con un manto de vergüenza. No justifiques, no protejas. No permitas que te hablen de justicia, de Derechos, de Humanidad, de solidaridad; exige que haya justicia, que haya derecho, que la Humanidad sea la ley y la solidaridad el arma.

Arráncate la piel, hasta llegar al corazón y siente su latir: es su mismo corazón.

2 Comentarios

    • Gracias Llorenç; detrás de cada cifra hay una persona y en muchas ocasiones nos inhumanizamos, hablamos de números, de una nueva tragedía, etc, etc… pero la distancia, el color de la piel o la creencia de que eso jamás ocurrirá aquí lleva a no mirar a los ojos, a no ver a la persona. Gracias a ti.

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