En el ámbito de las creencias personales, muchos tenemos la voluntad y la necesidad de ayudar a través del sentimiento de ser portadores de un don innato que todos necesitamos en mayor o menor intensidad.

Se dice que hay que despertar  nuestras virtudes y nuestras creencias respecto a la espiritualidad, para poder ayudar profundamente o ser ayudado. Cuando esa expansión espiritual ocurre, es posible que vivamos en una montaña, en un cúmulo de sensaciones externas, por eso es necesario pedir ayuda.

Aquí es donde entran a escena esas personas especiales dispuestas a sanarnos y ayudarnos. En ocasiones  son difíciles de identificar en incluso podemos encontrar a los sanadores con falsa máscara, que aparecen para aprovechar la situación y jugar con la fe de las personas que acuden solicitando ayuda, conocemos a muchos.

En Granada y en Andalucía conocemos a un gran número que  se han dedicado a ofrecer una ayuda abierta y participativa: Jaén, Deifontes, Iznalloz, muchísimos puntos de nuestra geografía. 

Uno de los más conocidos es Manuel, el santo del Molinillo. Calificativo popular, que le fue atribuido en vida y que se le sigue otorgando por sus múltiples e inagotables acciones y milagros.

El Santo Manuel, vivió para ayudar a todo el que se decidía a acercarse por su choza, cuarenta años de dedicación plena a los demás. No importaba qué tipo de gente acudía, ni a que índole social pertenecía, raza o religión, él siempre tenía la puerta abierta a todo el mundo, sin excepciones.

La Venta del Molinillo, una aldea de Huetor Santillán, se convirtió en lugar de peregrinación para miles de persona que acudían de toda España.

Nació en 1973 y falleció en el año 2001, un recorrido de vida en el que dos terceras partes de la misma vivió en una choza, de dimensiones muy reducidas, envuelto en mantas, en la que el baño se construyó posteriormente y al que curiosamente jamás se le vío pisar, anécdota muy significativa e inexplicablemente especial, como un ser extraño, como de otro mundo; alguien que no tenía necesidades fisiológicas. 

La choza es un lugar (aún existe y es lugar de encuentro y meditación) donde puede verse la simplicidad de una vida pasada, donde los bienes materiales escaseaban, pero donde siempre hay un pedazo de pan para poder compartir.

Las personas que allí acudían buscaban un remedio para todo tipo de problemas: dudas  económicas, consejos para poder dar paso o enfrentarse a cambios, salud, cuestiones sentimentales, etc…

Acudían médicos, bailaores, agricultores, nunca se negaba a recibir a nadie y nunca se supo de situaciones violentas o incómodas entre los visitantes; el respeto de la gente hacia aquella  “casa” y hacia aquel lugar especial era máximo, pues acudían a la casa de Dios, de un enviado de Dios.

Llegaban  a cualquier hora sabiendo que Manolo siempre los atendería con una sonrisa, de noche o de día, sin descanso; las conversaciones eran escasas, algo allí te ofrecía a ir  más allá de las palabras. Una energía poderosa y un apoyo incondicional que este hombre humilde ofrecía, miradas, gestos, confesiones susurradas.

Después daba su diagnóstico y mandaba algún remedio natural o medicamento recién sacado al mercado, que teniendo en cuenta sus escasos conocimientos y carecía de formación en medicina “tradicional” ni natural, pues resultaba extraño que conociera.

Tras dar su veredicto, terminaba con estas palabras: “Si Dios quiere”. Poniendo la sanación, el consejo, la palabra, en manos de un ser superior, sin atribuirse mérito alguno.

Se aceptaban “donaciones” a cambio de la consulta: un kilo de lentejas, coches, camiones, leña… que en señal de agradecimiento se acumulaban en una explanada exterior habilitada a este fin; regalos que él nunca utilizó, pues nunca salió de su choza en cuarenta años hasta casi el final de su vida.

Muchas son la leyendas que se atribuyen a Manolo, su vida y carácter noble, sus visiones, premoniciones, sanaciones y remedios fueron cuestionadas por muchos incrédulos que se acercaban a curiosear y poner en tela de juicio a aquel hombre sencillo, humilde que yacía tumbado en un camastro, sin llamar a nadie, sin pretensiones, sin riquezas. 

Manolo realizaba lo que en la actualidad conocemos como viajes astrales, la capacidad de proyectarse fuera de su cuerpo sin moverse físicamente; nunca se le vió salir de allí e inexplicablemente sus botas aparecían llenas de barro y deterioradas como si hubiera realizado un largo viaje. 

Hace muchos años pude escuchar la historia de una mujer que había acudido allí en busca de ayuda, pues padecía cáncer, decidió  quedarse allí, junto al “maestro”, como ella lo llamaba, para acompañar y ayudar en la elaboración de la comida, para él y todo el que deseaba quedarse, en señal de agradecimiento por haber sanado su mal; muchas personas cuidaban, limpiaban, organizaban: estaban sin más interés que el de acompañar al “santo”, en señal de agradecimiento, pero también para ser partícipe de aquella ayuda desinteresada y altruista: “nunca mi vida me he sentido mejor que aquí”. Agregaba la mujer de cincuenta años la cual había decidido abandonar su vida cotidiana y dedicarse a Manolo por completo .

El maestro, el santo Manuel

Seudónimos utilizado para hacer  referencia a este hombre sencillo y de simpleza absoluta que día de hoy, después de diecinueve años de su muerte, sigue siendo recordado a través de visitas a la Choza en Huetor  Santillán, donde sigue estando presente para sus seguidores.

Allí nada se debe, las facturas de agua y luz  son pagadas; flores blancas frescas, siguen llenando una habitación contigua a la choza, en representación de la luz y la Virgen María; los impuestos por los vehículos se abonan cada año de forma puntual; sus seguidores, no sólo mantienen su recuerdo, no sólo se enlazan a su alma, sino que sustentan y guardan su legado.

 

Sus padres Manuel Rubio e Isabel Sánchez, naturales de Huetor y Baza respectivamente, bautizaron a Manuel a la edad de 7 años. 

Con 50 años su fama se había extendido por toda España, era considerado como uno de los curanderos populares de primera línea, a pesar de su negativa a aparecer en los medios de comunicación y rechazar entrevistas de medios locales y nacionales aunque fué  incluido en multitud de escritos y tratados médicos y psicológicos .

A finales del siglo XX,  la choza de Manolo en la Venta del Molinillo, fue conocida en los medios por el problema de los camiones y vehículos en general que a lo largo de la carretera estaban acumulados. Esto causó un incremento desorbitado de personas que esperaban en la puerta de la cueva (choza) pidiendo ayuda.

Poco se sabe de la vida de Manolo antes de dedicarse por completo a los demás, se dice que era un niño tímido retraído y con una bondad y humildad absoluta, hasta el punto de no querer tocar el dinero a la hora de recibir su jornal o incluso rechazarlo. A a los 19 años trabajó como aguador en la reforestación de pinos en el puerto de la Mora, Carbonales, El Pozuelo, etc…

Manolo llevaba un pañuelo que extendía para no tocar el dinero y sus compañeros de trabajo se reían por este extraño comportamiento y porque empezó a comunicar algunas predicciones; se atrevía a contar por dónde vendrían a inspeccionarlos o si tendrían que salir corriendo porque se avecinaba una ventisca o nevada, entonces las burlas cesaban: “siempre acertaba”’-agrega Juan Garrido, compañero y capataz de cuadrilla en el trabajo de reforestación.

Por aquellos años Manolo asistió a un compañero con problemas graves de hígado y que a base de plantas hervidas y de la ingesta de una infusiones logró sanarse contando su testimonio en 2001 a la edad de 76 años.

  • Corteza de tres Quejigos
  • Corteza de tres pinos
  • Flor del Madroño hembra 

Como decía mas arriba, Manolo apenas recibió una mediana formación y abandonó el colegio para ayudar a su padre en la recolecta de leña a la edad de 10 años, algo normal en la época. Apenas sabía escribir su nombre y lo hacía con bastante dificultad; fueron desahuciados del cortijillo, su primer hogar, después de acumular deudas por arrendamiento impagado.

La Ermita, nombre del terreno que les fue cedido tras el embargo, hacia el año 1941, fue el lugar donde junto con sus padres, decidieron construir la choza.

A los 30 años Manolo decidió sentarse en una piedra que había a la entrada de su humilde casa y esperar a la gente que deseara ser ayudada. Así de fácil. De la piedra al camastro donde recibía y de allí a Almería, donde permaneció tres años antes de su último día, intentando mejorar sus problemas de circulación sanguínea y respiratorios.

Con 60 años comenzó a hablar de la necesidad de emprender un viaje. En almuñecar tenía muchos amigos pero al final desestimó la idea de mudarse allí. Se  barajó la posibilidad de mudarse a la costa para paliar sus problemas de salud pero finalmente se trasladó a Cullar, durante aproximadamente un año.

Más tarde  se traslada a un  un cortijo cedido por una familia agradecida por la curación de su hijo en  la Mojonera, Pueblo de Almería.

Manolo murió el 7 de marzo del 2001 a las 3:40 de la madrugada a los 63 años, siempre había deseado descansar en el cementerio de Huetor Santillán donde reposaban los restos mortales de sus Padres, en la actualidad es  el único panteón, en este modesto cementerio de tumbas de tierra y nichos elevados. Siempre repleto de flores frescas y algunos exvotos de personas que siguen agradeciendo sus favores o pedirle algo. Algunos velones encendidos en la parte trasera de la construcción, haciendo alusión a que el recuerdo y la obra de Manolo sigue vivo.

Después de su muerte la consecuencia más inmediata fue el rápido expolio de los enseres y objetos materiales que él había tocado, a modo amuleto o reliquia.

Si visitas este lugar en la sierra de Huetor , puedes apreciar el sonido de las bocinas de multitud de conductores que al pasar por allí se acuerdan de Manolo y agradecen a su paso: !Hasta luego Manolo!

Recordemos la mirada de un hombre que decían no era de este mundo sino del celestial y que  entregó su vida para ayudar a través de los ojos de cristo en la tierra; más de 10000 personas se dieron cita en su entierro.

Gracia Alcalá y su marido Juan Guijarro fueron los encargado por Manolo para cuidar el panteón con  sus restos mortales y ha sido creada una ruta con los principales puntos de unión de esta historia con un recorrido que ronda los 25 km y que puede realizarse todo el año sin requerir tener una condición física especial: Https://www.huetorsantillan.es/rutas/ruta-5-del-molinillo-a-prado-negro/

 

Conocí el desaliento siendo muy pequeña,

tus ojos me impresionaron y me dieron miedo a la vez.

 

La magia de la vida me sopló por completo al entender,

y encontré mi lugar de redención 

en este lugar secreto.

Este amigo, 

mensajero, 

portador de la verdad

me produce un gran respeto.

honrando el nombre de Dios 

que estuvo una vez vivo

y vivió en la Sierra de Huetor .

                                       Etka

Texto e imagénes

Jenifer Sedano

1 Comentario

  1. La foto del ramo, no se si se sabrá pero era por un gato que vivió en la choza y murió alli mismo, en la choza y por el que nadie hizo nada, pues murió el mismo 1 de enero mientras todos solo festejaban. Solo pude darle un enterramiento digno.

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