Estaba sentada detrás del conductor, la ventanilla de aquel Dodge del 70 estaba rota y me pegaba en la cara todo el aire húmedo de aquellos campos cubanos, esa humedad pegajosa y al mismo tiempo placentera que se inserta directamente bajo la dermis. A lo lejos, se divisaban infinitas altas colinas de piedra con laderas empinadas, conocidas como mogotes, las cuales atraen a escaladores de todas partes del mundo. Pero yo no estaba
allí para eso.

Había llegado al maravilloso Valle de Viñales para conocer las plantaciones de tabaco, la vida en el campo y quiénes lo habitaban.

La UNESCO justifica así su inscripción en la Lista de Patrimonio Natural de la Humanidad: Valle de Viñales

Nada mas poner mi pie izquierdo en el suelo, decenas de gallinas curiosas me recibieron con un alegre cacareo dándome la bienvenida a la que sería mi casa por unos días. Todo estaba encharcado de barro, pero a los pies descalzos de Francisco alias Bolo le importaban más bien poco.

Bolo y Juana me hospedaron en su modesto hogar por unos días, como lo harían en las próximas semanas con nuevos turistas, como lo han estado haciendo durante los últimos años a miles de viajeros de todas partes del mundo. Me contaron que “eso del airbnb” lo llevaba su hijo, que ellos no tenían ni idea de cómo funcionaba pero les encantaba la idea de hospedar a gente en casa y recibir algo de dinero a cambio.

Nada mas dejar la maleta en mi habitación con vistas al valle, Bolo me dijo si quería adentrarme en una cueva llena de murciélagos pero con unas vistas estupendas. No soy fan de la oscuridad, pero estaba allí para conocer nuevos rincones así que no pude decir que no.

La entrada de la Cueva de la Vaca era como la garganta de un dinosaurio en extinción, grande, gigante. Todo estaba completamente oscuro, cientos de murciélagos volaban sobre nuestras cabezas y gotas de agua caían en charcos formando barro. Yo intentaba seguir las pisadas de Bolo, pero era imposible, a pesar de su baja estatura sus piernas se movían a la velocidad de la luz. De vez en cuando se giraba y alumbraba mi camino con la linterna de bolígrafo que le acababa de regalar y se reía, se ría muchísimo al verme esquivar piedras y pozas. Seguramente pensaría que los turistas no tenemos ni idea de cómo hay que moverse por el campo.

Al otro lado de la cueva se podía ver un inmenso valle, naturaleza en estado puro. Daba gusto ver paisajes que no han sido tocados por el hombre, que permanecen intactos a manos ajenas. Allí se respiraba pura vida.

Volvimos por donde entramos y empezamos a andar. Caminamos durante horas bajo el abrasador sol cubano. Eso a Bolo se le daba bastante bien ya que todas las mañanas se levantaba a las cinco de la mañana y salía a caminar, daba igual el día del año que fuera. Y cuando el gallo de Sebastián (su vecino) cantaba a las seis de la mañana empezaba su jornada laboral, la misma que un día comenzó cuando cumplió 9 años, desde entonces día tras día, años tras año ha estado labrando la tierra con bueyes, mulas y vacas,
oficio que ha seguido de su padre y abuelo. 

Aquel hombre era más fuerte que el cuero, lo juro. Sus manos y pies eran rastrillos vivientes, ásperos, agrietados pero más ágiles que una liebre. Durante nuestro agradable paseo me contó que nunca había salido de Cuba y muy pocas de Viñales. “Mi hijo me ha llevado dos veces a la playa de Varadero pero no me gustó, yo prefiero estar en el campo”-dijo con esa sonrisa permanente. Tras atravesar campos de caballos, vacas, casas de campesinos, vallas de alambre, cafeterías situados en la absoluta nada y muchas plantaciones de tabaco llegamos a la casa de la mejor amiga de Bolo.

-“Clara es la mejor enrollando cigarros, ya lo verás, ella tiene los mejores cigarros de toda Cuba”.

Clara nos recibió con alegría, la misma que tuvo durante las cuatro horas que estuve en su casa. Casa que prácticamente estaba vacía, solo pude ver la cocina y el salón; no tenía ningún sofá ni mucho menos televisión, el suelo era de cemento un trozo de madera cubierto por un hule ejercía como mesa, cinco sillas alrededor, una repisa con ollas y sartenes y un hornillo de gas donde hervía verduras, recuerdo que olía a zanahorias y patatas.

Con 73 años, casada y sin hijos había estado toda una vida  trabajando en las plantaciones de tabaco, ahora se dedicaba a enrollar puros valiéndose únicamente de una tabla de madera. Me demostró la habilidad y fuerza de sus manos y la rapidez con la que podía terminar uno mientras la mirábamos con cierta envidia.

El riguroso y complejo proceso de elaboración del tabaco comienza con la siembra y acaba con el sellado del envase de los puros, tras recorrer el largo camino que va desde la curación y la fermentación al añejamiento y la selección.

Algunas de las regiones de tabaco principales en Cuba incluyen a Villa Clara y al Valle de Viñales. La región de Vuelta Arriba de Villa Clara, al este de Santa Clara, se dice que es la segunda después de Pinar del Río cuando se trata de la producción de tabaco. Ya que Viñales se encuentra dentro de un Parque Nacional, los fertilizantes químicos son ilegales y todo el tabaco por lo tanto es orgánico, tanto Clara, Bolo o los demás agricultores de la zona insistían en que esto hace que su tabaco sea el mejor en toda Cuba.

Me explicó las diferencias en las hojas que se utilizan en la capa,  la tripa y el capote o el delicado proceso de cura del tabaco en aquellas plantaciones mientras Bolo y yo fumábamos y bebíamos ron de guayabita del pinar seco. Ambos afirmaron que les había tocado la lotería con el turismo, que gracias a nosotros podían echarse un trozo de pan a la boca y que la Cuba que conocieron siendo niños, gracias a Dios, desapareció para siempre.
Había caído la noche y el ventanal que tenía justo delante de mis ojos me permitía ver un cielo estrellado y cientos de luciérnagas que volaban sin rumbo fijo, incitando a soñar y a reflexionar sobre aquel país, lleno de gente humilde y trabajadora. Gente que vive para compartir.

A nosotros aún nos queda mucho que aprender. Larga vida para Bolo y Carla. Ellos son solo dos ejemplos de los millones de campesinos cubanos que han pasado toda una vida trabajando en la tierra recibiendo una miseria a cambio.

 

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