Cronistas y embajadores narran la gran aventura de los seguidores de la estrella de Oriente hasta el portal de Belén. Llenos de ilusión, por desiertos llenos de arenales van llegando los Magos hasta Jesús, por encima de las dudas, de las astucias de Herodes y otros. Purificados los ojos con la esperanza que es movida por el amor. Un amor que da fuerzas para mirar hacia delante, hacia lo más alto: hacia la estrella que es la luz que los guía hacia la Luz hecha Niño al que adoraron ofreciendo sus regalos; oro porque es rey, incienso porque es Dios, mirra porque es hombre y conocerá la muerte, como los santos inocentes…  

Pero a pesar de las tinieblas, la luz de Navidad es más poderosa: Luz que rompe las tinieblas para que todo quede iluminado y lleno de alegría. Luz que no es algo pasado, no es algo que fue, sino una luz que es de hoy, de cada día, se trata de un presente histórico, una luz que está presente en cada día. Luz de siempre, presente eternamente. Eterno es algo fuera del tiempo, fuera de lo contingente (como las matemáticas o las figuras geométricas: un triángulo es una esencia invariable abstracta). Pero la eternidad se hace tiempo en la Luz de Navidad. Se hace así Centro de la historia, consuma todos los tiempos en sí. Nuestros tiempos existen en él, son en él. 

Navidad es también misterio. Algunos piensan que la palabra “misterio” es una realidad incomprensible, cuando es sobre todo una realidad más profunda que otras comprensibles que se ven por los ojos, que son tangibles con las manos. El misterio es camino a una realidad superior: “Lo que el ojo no vio, lo que el oído no oyó, lo que no alcanzó a presentir el corazón del hombre“ (carta de San Pablo a los corintios 1,29). 

Navidad es también ilusión, tiempo de soñar, para estrenar un año nuevo en plenitud de esperanza. (Ilusión, aparte de significar la condición de iluso, es una palabra que tiene una gran riqueza semántica en la lengua castellana: expresa un sentido de estar lleno de entusiasmo, de alegría.)

Los Magos ofrecen sus cofres abiertos como regalo a Jesús, y a todos los niños, es la fiesta humana de la caricia, la sorpresa que dilata la pupila de los niños, del niño interior que llevamos todos, para manifestarnos quién somos en realidad, y la chispa divina que nos ilumina en nuestra honda verdad. 

Quizás mirábamos mal esta realidad, como miran los ojos de niños que han perdido la inocencia, y no habíamos alcanzado la pureza de interés de la inteligencia que se adentra -creyente- en el misterio. Cuando nos hacemos sencillos, vivimos según el niño interior, que se abre a lo maravilloso en un mundo más real y más verdadero. 

Muchos no creen en estas otras dimensiones. Los habitantes de zonas tropicales difícilmente creerán en ríos europeos que se cubren de hielo en invierno y se puede atravesar andando por encima. De la misma forma, más que explicar estas otras dimensiones es preciso experimentarlas en el corazón, que viaja por ellas. Sobre las alas de la fe, podemos viajar a estas otras dimensiones. “Los Reyes Magos son verdad”, decía un filósofo amigo, Jesús Arellano, con sabiduría: esta magia es verdadera. La magia del amor: “Cuando les contamos el misterio de la Epifanía y el relato Evangelio, los niños han intuido la presencia actual del misterio y han entendido la realidad de este a la manera de lo maravilloso, a la manera de cómo ellos entienden la realidad. Despojar a los niños de esta ilusión es provocar una niñez truncada por la brutalidad, la amargura o la frustración. Habría que decirles a estos despiadados: no matéis las ilusiones infantiles porque la ilusión adulta es la realidad de la niñez. Cuando vivimos esta bonita realidad con los niños, hay que respetar su imaginación, una cierta distancia: no hacerlo demasiado tangible, dejarlo en una lejanía psicológica. Porque está lejanía es la forma mental con que lo maravilloso vive con el alma infantil, respetar su forma imaginativo-concreta con la indeterminación temporal de los relatos de la leyenda, son lo que necesita el niño para interpretar todo a su modo”. Hay que ayudar a los niños, en su momento, en tiempo oportuno, cuando dejan la inocencia, a dar el paso en el cuento de los Reyes. “Contarles bellamente la historia e iniciadles en la primera versión intelectual-concreta del misterio. Decirles que los Reyes que están ahora en el cielo, después de hacer todo aquello que les habéis contado que hicieron, quieren que los padres se encarguen de traer regalos a los niños como ellos los trajeron al niño Jesús. Porque el que ama al niño Jesús es hermano suyo y cuando los Reyes le hicieron los regalos al Niño lo hacían a todos los niños buenos. Ahora se encargan de ello los padres, representando a sus majestades. Además, el espectáculo callejero, no hace falta explicárselo: Lo entienden solos”.

Decía un padre a su hija pequeña, la noche de Reyes, mirando por la ventana: “¿ves a los reyes llegar con los camellos?” y ella los veía, como si estuvieran allí a lo lejos. El niño tiene su propio mundo, y el primer paso para educarlo es comprenderlo, es decir meterse en su mundo y verlo desde dentro. El cuento es una realidad para el niño, vive en su mundo al que llamamos maravilloso donde lo que entra por los ojos se transforma, por eso algunos niños ven también a los Ángeles. Y son verdad, parte de esa realidad de dimensiones misteriosas.

Todo esto se re-presenta: se “vuelve a hacer presente” en cada Cabalgata de los Reyes Magos. Vemos con pelo y barba blancos a Melchor, pelo rojo a Gaspar y Baltasar lo lleva negro como un tizón. La fiesta se representa con caballos y galas, carrozas y cortejos fastuosos, caramelos y juguetes. Es fiesta de la ilusión, alegría de lo mágico. Y en cada casa, manos cariñosas dejan los regalos. Y casi todos disfrutamos de esa ilusión, aunque siempre haya quien no se lo cree, quien ha perdido el niño interior, y se cree tan listo que se vuelve incrédulo.

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