LO QUE QUIERE LA GENTE

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Eso es lo que la gente quiere ¿no?” La frase más oída en estudios, productoras, redacciones y pasillos de TV, viene de quienes desean imponer una idea –o un mal parto- a la audiencia. La TV responde, como cualquier mortal, al principio de que “a fuerza de verse repetida, toda mentira termina pareciendo verdad”. A sumar, la capacidad envolvente del medio; el escudo humano de la audiencia, confundida en la tergiversación consciente de sus actores; contra la crítica a la tv-basura, sus mantenedores y apologistas la trasladan al público para ganárselo con un hipócrita “mi público no es basura”.

Directores, realizadores y presentadores (con terminación “o” u “a”, indistintamente) buscan ser arropados por los asistentes al programa, sin respeto al compromiso que les han creado, pues el pequeño número de espectadores presente, va al plató obligado a aplaudir. Así, la manipulación al alcance de cualquiera que dirija un programa de televisión, manejan arteramente el efecto psicológico de la aprobación, inducida –más bien obligada- a unas decenas de personas, magnificadas por las cámaras. No aumenta el número, pero se recrece el efecto psicológico. La espiral va creciendo porque las televisiones, a fuerza de promocionar corrientes y seguirlas, ofrecen tan escasa o nula variedad que no dan opción a elegir: cambiar de cadena no supone cambiar de tema; ni de forma o formato; ni de estilo. De ahí lo deshonroso de confundir “audiencia” con “preferencia”, pues de tanto copiarse mutuamente han cercenado la posibilidad de seleccionar, de elegir o preferir.

Eso dice lo que dice respecto a la calidad y capacidad de los responsables. Pero ahí están. En las reuniones de programación siempre vence el miedo. El miedo a innovar, a cambiar; el miedo a los adictos a la comodidad de lo aparentemente fácil, espada que pende sobre la cabeza de quienes osaran atreverse con una fórmula nueva, distinta de lo impuesto. El miedo al fracaso, en definitiva, porque lo que está probado, probado está y el adicto espera, impasible el ademán, dispuesto a cercenar la cabeza a quien haya osado pensar, si el “share” del primer día no supera a todo lo demás. Manda la mediocridad; por eso es tan difícil diferenciarse, renovar, aportar algo nuevo.

La audiencia no elige la programación, tan solo se limita a soportarla. Pero mientras quede alguien dispuesto a degradar el medio y el nivel cultural de la audiencia, en nombre de la audiencia, todos se cuidarán de intentar la más ínfima aportación de inteligencia, imaginación y sensatez. Para ellos -“Es mejor seguir la corriente”. Seamos serios: no es mejor. Puede ser menos comprometido. Nada más.

No solo es el excremento-tv. Súmensele frivolidad, falta de estilo, mal gusto, falso humor, ausencia de rigor, desprecio a lo culto, solo por serlo; como la autoimpuesta norma no escrita, de insultar a los andaluces para vender. Quizá no. Quizá esta sea gratuita, pues no hay tantos descerebrados entre los espectadores como creen los directivos de ciertas productoras, de ciertos directores y de TVE. No hay tanta gente capaz de tragarse un capítulo entero, solo para creer las mentiras magnificadoras de tópicos prefabricados sobre los andaluces y sus preferencias políticas, como las que los responsables de alguna serie han querido imaginar en su lamentable y enfermiza falta de imaginación y de respeto a la verdad más elemental.

Cabrían cientos de detalles como ejemplo de las muy numerosas faltas de respeto cometidas contra una Comunidad. La plena ausencia de rigor, considerar “inferiores” a un colectivo por formar parte de un espacio físico que ha dado al mundo mayor cantidad de médicos, científicos, poetas, literatos, filósofos, inventores que ningún otro país; que cuenta entre otros muchos con personajes como Averroes, quien permitió la continuidad de la doctrina de Aristóteles y fue guía de la de Tomás de Aquino; que ha desarrollado la arquitectura más creativa de Europa y se ha adelantado en varios siglos al cisterciense gótico; que creó los primeros aviones de largo alcance; impedir que actores andaluces puedan representar papeles de cierta importancia, demuestra que ignoran las más elementales reglas de la pulcritud y la honradez. Que el rigor y la dignidad cuestan lo mismo pero son más justos. Que ser respetuosos con la verdad solo requiere conocerla y practicarla, para no quedar en una flagrante prueba de a qué nivel de mugre zafiedad, y peligrosa falta de respeto, está bajando la televisión oficial española, hasta ahora –parecía- la menos inmunda de las tres grandes empresas.

Parecía.

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