¿LITERATURA O “LOTERATURA”?

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Los tiempos cambian y la lectura no iba a ser menos. Vivimos en una época en que no hacemos casi nada solos. Hoy más que nunca somos “bichos sociales”, aunque en la mayoría de los casos esta socialización tampoco es como la entendíamos antes: en torno a una mesa, un café, unos pastelitos y un puñado de amigos. En realidad, más que “bichos sociales” nos podemos llamar “bichos sociales virtuales”.

Hace unos años, no tantos, leíamos básicamente en soledad. Buscábamos una guarida debajo de las sábanas, en una hamaca junto a la orilla del mar o en el sillón del rincón de la salita. Entonces, desconectábamos de todo y todos, y nos lanzábamos a saborear tranquilos cada palabra. Incluso alguna vez llegamos a empalmar la noche con el día sin apenas pestañear deseosos de conocer el fin de aquella novela que nos había tenido en vilo la última semana. Eran tiempos quizás más tranquilos, como dirían los abuelos. O puede que no lo fueran tanto, pero la magia del recuerdo haya dotado a aquellos días de una serenidad y calidez que hoy tanto añoramos. Sea lo que sea, lo cierto es que no solo nosotros nos hemos subido raudos y veloces al tren de las nuevas tecnologías, sino que la lectura también se ha asegurado de sacar su billete. Eso sí, a menudo, ligera de equipaje.

Pero… ¿se lee más o menos que antes? Está claro que si nos paramos a pensarlo un poquito, sí, se lee más, mucho más. Antes, el porcentaje de lectores asiduos no era tan elevado como el que anhelaban los amantes de las letras. Hoy lee prácticamente todo el mundo y a todas horas. ¿Pero qué leemos? ¿Es de mejor o peor calidad? No hay duda de que antes del babyboom de las tecnologías se leía más literatura que ahora; si entendemos por literatura el uso cuidado y elaborado de la lengua. Sin embargo, en la actualidad se lee ante todo “loteratura”. Y es que, amigos míos, cualquier cosa entra en el lote: desde chistes por Whatsapp, opiniones más o menos acertadas a través de Twitter, lo bien que nos lo pasamos en la fiesta y cuyas fotos y resumen he subido a Facebook… ¡Todo un gazpacho de letras mejor o peor escrito!

Vale, “no es oro todo lo que reluce” aunque haya una superpotente pantalla LCD de última generación detrás. Sí, aceptamos barco, y no podemos discutir que se lee mucho contenido basura mientras navegamos. Pero de todo hay en la viña del señor, ¡faltaría plus! ¿Y las publicaciones online, blogs, etc.? Hay blogs para todos los gustos y sabores. No solo el número de lectores, sino también el número de escritores era mucho más reducido antes. Hoy, sin embargo, la lluvia de tecnología y su fácil acceso han provocado que salgan escritores como setas. No se trata de literatos galardonados con el premio Pulitzer, Nobel, Nadal, Cervantes… Pero sí encontramos escritores de buena tinta. O, más bien, habría que decir de ¡buena tecla! Auténticos talentos de la palabra nos deleitan con textos de gran calidad a los que lectores con ojo avizor les sacan todo su jugo. Y estos lectores, a su vez, son receptores y emisores ya que expresan sus opiniones no menos sabrosas en sus comentarios. Ya no escribo para mí ni leo para mí. ¿Acaso el fin de la palabra no es no darse calamonazos contra la pared sino que haya alguien esperando a recibirla? ¿No es eso la comunicación?

De acuerdo, no os discuto que tenía su encanto ir a la biblioteca en busca de ese ejemplar soñado. Escudriñábamos minuciosamente cada estante, cogíamos libro tras libro entre nuestras manos y lo olíamos sintiendo toda la esencia que llevaba dentro. Cuántas veces hemos dejado la mirada perdida en una página durante unos segundos dejándonos transportar por lo que acabábamos de leer mientras acariciábamos con nuestros dedos las palabras… Seguro que hay una horda de nostálgicos de la lectura tradicional de la misma forma que muchos de nosotros podríamos defender también que ya no se corteja con el mismo esmero y mimo a un posible amor.

Todo parece pasar por la rapidez y la practicidad porque no tenemos tiempo, señores. Y si no, ¿por qué arrasan los microrrelatos? Si me tengo que pasar todo el día en el trabajo y luego atender y cuidar de mis hijos, ¿tengo fuerzas tras un día agotador para leer el quinto tomo de alguna historia interminable? Quiero leer pero solo puedo en el autobús, mientras espero en la cola de alguna administración o en la sala de espera del médico. Necesito hacerlo porque ¡me encanta leer!

Pero ¿quiere decir todo esto que estamos ante el fin de la literatura de escritos largos? ¡Ni mucho menos! Es verdad que la mayoría de lectores lee principalmente textos cortos por las razones enumeradas anteriormente, entre otras. Pero también hemos señalado que el porcentaje de lectores es muy superior al de antes. Y en ese porcentaje global hay una buena tajada de incondicionales de la literatura extensa y reposada que se agarran como a un clavo ardiendo a cualquier atisbo de su forma de disfrutar la lectura. No, por suerte no tenemos que decir “fue bonito mientras duró” ni sacar el pañuelo blanco mientras nos despedimos entre lágrimas del texto extenso, ya sea en papel o en formato electrónico.

Afortunadamente este tipo de literatura no sufre de grandes achaques, lo que se debe en parte a una legión de “cheerleaders” o “animadores” de los libros. Si bien antes eran los profesores de literatura y algún que otro amigo fanático de la lectura los que nos instaban a devorar un libro en concreto, en la actualidad existe un grupo inmenso y necesario de “booktubers” y blogueros encomendados a la misión de comentar y recomendar los títulos literarios que van apareciendo en el mercado. Su popularidad y poder de convicción es tal que las editoriales ya se han fijado en ellos. Por citar algún nombre, en Granada tenemos al periodista Jesús Lens Espinosa de los Monteros que, a través de su blog Pateando el mundo, nos anima a lanzarnos al mundo de la literatura negra y criminal.

Microrrelato, blog, libro tradicional, libro electrónico… No paremos de leer y devorar toda letra apetitosa que se nos ponga en bandeja. ¡Veréis qué bien nos sienta la comida! Y, lo que es mejor, ¡no engorda!

 

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