Era una mañana de domingo cualquiera, las cervezas de la noche anterior y una canción de Lori Meyers aún retumbaban en mi cabeza. Hacia frió y el sol mañanero tan solo era un espejismo.

Caminaba por los pasillos de aquel mercadillo, entre trastos y baratijas, buscando los puestos que tuviesen libros. Me acompañaba mi padre, entre los dos buscábamos viejas glorias que rescatar del duro asfalto de aquel aparcamiento. El siempre dice que no sé regatear, pero en el fondo sabe que el alumno ha superado al maestro.

Me detengo frente a un puesto, tiene libros muy antiguos aunque todos religiosos, viejos misarios y ediciones abandonadas de la biblia. Continuamos caminando entre los puestos, a lo lejos distingo otro vendedor con libros y me dirijo rápidamente hacia él. El sol empezaba a tener fuerza, la resaca y el olor a panceta del puesto de bocadillos dificultaban la búsqueda del tesoro entre esos libros abandonados; aunque en el fondo, era ese olor, esa sensación de domingo, de calma y descanso.

Finalmente, encontré lo que buscaba, aunque en un mercadillo nunca sabes lo que buscas, parece que las cosas te encuentran a ti. Allí estaba, una vieja edición de la vida es sueño, uno de esos títulos que lees una y otra vez y no te cansas. Ya tenemos la captura del día, ¡y a falta de dos pasillos!

Recorrimos los últimos metros del mercadillo con calma. Porque los mercadillos se disfrutan, la mezcla de culturas, idiomas y gentes crea una atmosfera literaria, te traslada como los mejores libros de aventuras, las novelas de Verne, Garland o saint- Exupéry.

Ya era tarde, mi madre nos esperaba en casa, era domingo, seguramente tuviésemos pollo asado para comer.

 

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