Algunos deberían aprender hasta a insultar. Porque vaya tara llevan. Una “tara” es una carga. Los vehículos la llevan dentro. Y las personas, también. Una tara puede ser física –una desgracia- o psíquica. También desgracia, pero esta vez para los demás. Una tara es una carga. O puede ser un defecto mental. O falta de coeficiente, mismo. Un torpe es un torpe y un simple un simple. Tarado, en cambio, no es solamente quien queda lejos de la media y hasta del mínimo. Es quien, además de tan escasas neuronas que cuando una descansa las demás no alcanzan a ayudarle a conocer lo que tiene a la vista, le gusta hundirse en el desconocimiento y echa mano de la incorrección, de la falta de respeto a los demás. Del insulto. Es que semejante “homo-no-sapiens” es incapaz de articular dos palabras sin exhalar un exabrupto. Y ha creído que cualquier insulto contiene suficiente artillería para definir lo que su no-intelecto es incapaz de definir.

La gente elegante, educada, es capaz de lanzar sus dardos con el estilo, el buen estilo, de un Benavente, por ejemplo. Pero Benavente estaba muy lejos de la gente soez, vulgar, maleducada, totalitaria, que no lanzan sus insultos porque los calibren según correspondan; porque se limitan –y eso que limitados ya son- a lanzar improperios, que para mandarlos no es preciso saber qué es un improperio, porque para ellos cualquier palabro malsonante cubre el objetivo de ser lanzado contra cualquier persona que valga infinitamente más que ellos, pero no coincida con sus convicciones medievales-inquisitoriales. Claro, si su intelecto no estuviera vacío, podrían darse cuenta que si valen más es por algo. Pero sería una contradicción, pues si no estuviera vacío no sufrirían esa tara. A ver ¿por cuantas vamos? Muchas son ya para un único individuo y todavía saldrán algunas más. Seguro.

A un tarado físico o psíquico le falta algo –inteligencia, entereza, capacidad de formación e información, elegancia- y a muchos todas ellas y unas cuantas virtudes más. Y le sobra carga. Como ignorancia, inutilidad, intransigencia, soberbia, ineficacia, egoísmo, y también algunas más. Encima un tarado siempre habla como si estuviera frente a un espejo, porque es un espejo de sí mismo. Refleja en los demás, mejor, acusa a los demás de sus propias taras. Sus defectos, que el retraso mental impide reconocer, los proyecta, necesita verlos en los demás. Se complace en acusar a los demás de todo cuanto deberían desprenderse, de todo cuanto deberían borrar de sí mismos. El mayor problema es que, como los votantes no piden certificado psicológico antes de votar, los hay que hasta pueden llegar a ser diputados. Grave problema, estar representado –ó representada- por una persona con tal cantidad de carencias graves.

Pero los demás no somos su espejo por más que se esfuercen en creerlo. Y, cuanto más inteligente, más recto, más informado, más ser humano, más lejos queda la posibilidad de reflejarse en ellos. Blas Infante estudió en dos años una carrera de cuatro con matrícula de honor. Ganó el notariado y no pudo ejercer en unos meses, porque aún no tenía la edad reglamentaria. Blas Infante estudió, analizó, descubrió detalles que permanecían ocultos y extrajo conclusiones que, por actuales, todavía se admiran y son útiles cien años después. Defendió a los pobres, a los jornaleros, a la mujer, a la infancia y a la naturaleza cuando todavía eso era algo inédito. Demostró su inteligencia, su buen hacer, su entrega a los demás, defendió el derecho-los derechos de Andalucía, desde el conocimiento profundo del Derecho y de la Historia y la Cultura. Todo lo que sus enemigos pueden tener en su contra.

La cuestión es que, sin alcanzar remotamente la calidad de Infante, su falta de calidad les permita, no ya discutirle, que sería legítimo. Sino recurrir al recurso fácil y chabacano de la crítica infundada y malévola, del insulto ordinario, “merdellón” – nunca mejor definido- que le dirían en Málaga.

La ultraderecha hispana ha confundido el significado de las palabras, algo a lo que los políticos por desgracia ya nos tienen acostumbrados. Sólo una sugerencia: no sigan, como han hecho otros. No le pidan a la RAE que adopte la palabra a lo que ustedes quieren que parezca. Y no sólo porque tendrían que poder explicarlo y eso es pedirles un ejercicio imposible para ustedes. Simplemente: no lo hagan, para no ser responsables del infarto de los señores académicos, que, “casualmente” no pueden ser calificados de rojos. No empiecen.

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