La serotonina

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Todos los días eran igual para Andreu. No encontraba una diversión, un entretenimiento para hacer más cortas las largas tardes de verano. Tenía amigos, pero no le gustaba estar a todas horas con ellos: eran agotadores y monotemáticos. Con Albert era diferente: podían estar horas y horas hablando. Pero tampoco le gustaba estar todos los días con él. Aparte de indeciso, quería cambiar de aires cada día, no quería hacer lo mismo una y otra vez.

Una tarde de julio, a 36 grados por la calle, se fue de compras. Necesitaba cambiar su antigua lavadora y comprar un par de detalles para decorar su casa. En aquella época tenía trabajo y no iba apurado en cuanto a ahorros. Más bien al contrario, tenía un buen colchón por si venían las vacas flacas. Entró en la tienda y fue directo a la zona de electrodomésticos a ver cuál era la lavadora que más le apañaba. Escogió una de último modelo de una marca muy conocida para que le durase mucho tiempo, más del que le duró la antigua. Yendo a hacer la cola para pagar, sintió un gusto extraño, una sensación en el estómago que hacía tiempo que no notaba. ¿A qué se debe?, pensó. Por un momento, le daba igual todo, no le importaba la tarde eterna que le esperaba ni la soledad que a veces sentía en su casa.

Salió de la tienda y fue directo a otra que había a dos calles. Esta era de productos decorativos vintage, que tanto le gustaban a Andreu. Se recorrió los pasillos enteros, se encontraba a gusto allí viendo productos, sin nadie que lo molestara ni le metiera prisa. Escogió dos lámparas y un cuenco de cristal para meter trastos. Cuando se disponía a hacer la cola, le volvió ese cosquilleo que había notado una hora antes, ese subidón de serotonina. Esta es como una droga: te inyecta una felicidad momentánea incomprensiblemente y sin previo aviso. Parecer ser que cuando compraba algo nuevo, su cerebro segregaba esta sustancia tan placentera. Como esa sensación cuando acabas de hacer deporte y estás asfixiado pero tranquilo, feliz.

Para salir del círculo vicioso de su vida, Andreu decide ir de compras todos (o casi todos) los días. Le divierte, se encuentra con gente y, además, recibe una visita de la serotonina. Se siente bien yendo de compras. Siempre, aparte de comprar lo necesario en el día a día (comida, gel de baño…) se permite un caprichito. Unos días es una mochila nueva, otros una vaquera nueva. Los domingos, dos caprichitos.

Diez meses después, Andreu pierde el trabajo. Pensaba que iba a durar aquí toda la vida pero no, todo acaba. Aun así, él sigue con sus caprichitos, que se han convertido en fundamentales y ahora ya son cinco o seis cada día. Esa sensación, ese placer que le otorga el acto de comprar, se ha convertido en una droga para él. Ahora no puede parar. Y sus ahorros se consumen como una ardilla que roe una piña incesantemente. ¿Por qué no tendré otro hobby? ¿Por qué me viene este cosquilleo solo cuando voy a comprar?, se pregunta. ¿Has probado otra cosa?, respondería yo.

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