La Página en Blanco

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Sentado frente al escritorio bolígrafo en mano, dispuesto a escribir los más bellos versos que se hayan escrito, te encuentras con ese enemigo, ese vacío, ese sentimiento frío que parece que te humilla, se ríe de ti, de tu incapacidad. Reposas el bolígrafo sobre la mesa. Parece que te mira y que duele, que va a ser imposible atacarlo. Buscas miles de fórmulas, distintas estrategias y nada, sigue ahí sin inmutarse, en blanco. ¡Qué desesperación!

A veces piensas que el tiempo es tu aliado, pasas horas frente a ella, recolocas tu posición en la silla, te acercas a la cocina a tomar algo, pero a tu regreso sigue ahí. En ocasiones piensas que no hay nada más poético que esa sensación que te invade ante la página en blanco, que vuelcas tus frustraciones sobre ella, que te calma y enfurece.

Pero cuando menos lo esperas, comienzas a escuchar en tu cabeza las teclas del ordenador, parece que te está llamando, retumba en tu cabeza como esa canción que habla del equilibrio, pegadiza, que no hay quien se deshaga de ella. ¡Es el momento!

 

Sentado de nuevo frente a la página en blanco esta vez no hace falta ni convicción ni ganas, tus dedos se convierten en los dueños de tu mente, desahogas el vacío que te había causado, te arde la sangre y no puedes remediarlo. ¡Es orgásmico!

 

Es en ese momento cuando entiendes a que llaman las musas, es en ese momento cuando entiendes que la inspiración llega cuando menos lo esperas, que te pilla conduciendo, trabajando, de fiesta o en el baño.

Pero ¿Qué es más poético, esa sensación placentera que te provoca la inspiración cuando llega o el miedo, el desafío y el vacío de la página en blanco?

 

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