Hoy, vino tinto

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Entro en el súper y me dirijo a la sección de vinos. Hoy toca un tinto joven. Seguramente lo acompañaré de unos calabacines rellenos con jamón york y tomate. La estantería está llena de vinos: blanco, rosado, clarete y, por fin, tinto. Miro la etiqueta para ver de dónde viene: producido en Francia. Yo que pensaba que era riojano. De repente, me mareo y por poco no me caigo al suelo, menos mal que tenía un carro al lado para sujetarme. ¿Qué ha pasado? Ha sido un día duro, tengo que acostarme ya. Meto la botella en la cesta. Me doy media vuelta, miro a mi alrededor y no hay nadie en el súper. No se escucha nada, ni siquiera la música que ponen normalmente de fondo. Qué raro todo. Cambio de pasillo: vacío. Llego a las cajas y las cajeras no están. ¿Estoy soñando de verdad? Me pellizco y me duele. Oigo un ruido, por fin, pero proviene de mi carrito y, que yo sepa, no he traído mascotas. Me asomo y veo algo moverse debajo de las patatas, como si intentara salir.

  • Hola. Sí, soy una botella de vino y sé hablar. No te asustes, te acostumbrarás.
  • .. Es un sueño, ¿verdad?
  • No, es un pequeño truco que sé hacer. Nada del otro mundo.
  • Pero… ¿Por qué? Lo siento, estoy desorientado.
  • Tranquilo, coge asiento. Solo voy a contarte una historieta.
  • Para historias estoy hoy…

Veo un taburete al final del pasillo y me siento. Cojo la botella con las manos, la palpo porque aún no me creo lo que está pasando.

  • Hace tiempo, mi uva nacía y crecía en Argentina. Allí nos recolectaba la familia de campesinos que se dedicaba a la viticultura y nos convertía en vino, a mí y a mis colegas. Todo lleva un largo proceso, pero te lo acortaré. Después de todo eso y después de embotellados, nos dejaba dormir durante 3 o 4 años porque, ya sabes, el vino cuanto más viejo más bueno. Me acuerdo de aquellas bodegas: qué cómodas, qué espaciosas y qué confortables. ¡Qué bien se vivía allí! Y qué bien nos cuidaban esos trabajadores. Pasado ese tiempo, nos llevaban en unas telas muy suaves a lugares cercanos a la finca: allí nos vendían y luego vuelve a empezar el proceso.
  • Me estoy durmiendo…
  • Calla, calla. Que ahora viene lo mejor. Hace 17 años, todo cambió. La familia de campesinos tuvo que vender su finca porque no le rentaba seguir produciendo y la compró una empresa que venía de Francia. ¿Qué hacía una empresa francesa en Argentina? ¿Qué más le daba a una empresa francesa lo que se produjera y se vendiera en Argentina? Me preguntaba yo por aquel entonces. Lo descubrí enseguida: nos producían en nuestra tierra para luego llevarnos a Francia. Pero eso no es lo peor, lo peor es que ya no nos recolectaban campesinos, lo hacían unas máquinas ruidosas y malolientes; ya no dormíamos en bodegas con espacio y comodidad, estábamos apretados y en lugares apestosos; ya no nos transportaban en telas sino en metales incomodísimos, horas y horas de tembleques incesantes.
  • No debe de ser muy agradable vivir así, entiendo.
  • La verdad es que no. He estado hablando con otros productos del súper y me han dicho que les ha pasado algo parecido, ya no los tratan como algo único sino como uno más, como si fueran piedras. Y todos han viajado más que Willy Fog. No lo entiendo.
  • Nunca me lo había planteado. Está todo tan fácil y tan bonito cuando entras al súper que ni te fijas de dónde viene cada cosa, ni quién la ha producido, ni siquiera te preguntas cómo la ha producido.
  • Amigo, los humanos tenéis que hacer algo por nosotros, vosotros mandáis en el mundo, sois el animal más poderoso. Y solo hay una solución…

Se me cae la botella de las manos y se hace mil añicos. El suelo se queda lleno de vino y cristales. De repente ya hay gente en el súper: se me quedan todos mirando. Pago lo que compro y salgo por la puerta automática. Mejor hoy bebo agua.

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