Una de las primeras cosas que aprendí (o, mejor dicho, que reafirmé) en mi trabajo aeronáutico, y con los viajes posteriores que mi profesión elegida me permitió hacer, es que el tiempo vuela.

Hay un tiempo limitado para ir de un punto A a un punto B, más allá del cual ya no podemos seguir viajando dado que no hay más combustible: todo viaje tiene un principio, un desarrollo y un final. Y así con la vida y con absolutamente todo lo que existe: las relaciones, las amistades e incluso la existencia misma. Hay turbulencias inevitables por las que deberemos atravesar (algunas realmente feas, pero de las que podemos salir fortalecidos si de verdad lo queremos, luego de las cuales podemos tomar decisiones vitales para nuestra vida, que reafirman nuestra tenacidad, el derecho que tenemos de no dar permiso a que algo/alguien nos dañe, y eso hará que superemos miedos porque nuestra mente recordará lo último que hicimos ante esa adversidad, que no fue huir sino enfrentarla nuevamente y superarla, fuimos más fuertes… y no nos morimos), pero todo, absolutamente todo pasa, aunque ahora no lo parezca, tiene un final, queda en el olvido, se soluciona de alguna forma, y, en el mejor de los casos y si así lo decidimos, aprendemos de ello. Esto, en realidad, no es algo bueno ni malo: es lo que simplemente es y lo que ocurre. Es lo que cada quien elija hacer de ello, lo que cada quien quiera que sea.

Mi actual profesión es mi vocación y el trabajo por el cual luché, superé miedos y me expuse a mil fracasos y frustraciones por considerarlo, justamente, un llamado a cumplir con lo que sentía que era mi misión en esta vida, que consiste en colaborar con la interconectividad, en contribuir a que todos se sientan parte de una misma geografía mediante la conexión de personas, lugares e ideas, en unir al mundo surcando espacio y tiempo (tema que siempre me fascinó) y acortar distancias que separan, mientras contribuyo a que otros viajen de manera segura, confortable y disfruten de una actividad tan enriquecedora como lo es el viajar y conocer el mundo en el que nos tocó nacer. Y de ella aprendí también que, primero hay que cuidarse a uno mismo para poder cuidar de los demás: si caen las máscaras de oxígeno ante una despresurización, tengo que ponérmela primero yo antes de asistir a otros. Y en la vida en tierra ocurre lo mismo: no puedo ayudar si primero no me ayudo a mí misma… No puedo seguir viajando ni contribuir a que otros lo hagan si primero no estoy bien ni me ocupo de mí, o si yo misma no lo disfruto… Para poder cumplir mi sueño de vivir viajando tengo que cuidar mi salud y llegar con energía a mi vejez.

Un mal despegue no resulta, necesariamente, en un mal aterrizaje, así como al revés tampoco: no todo lo que empieza mal termina de la misma forma. Y esto me lleva a que hay mil posibilidades, mil opciones que se interconectan, producto de una cadena de voluntades y actos ajenos que están fuera de nuestro control y voluntad, mil imprevistos con los que hay que fluir y que hay que aceptar. Lo que hagamos de ellos, y el sacarles o no provecho, depende de nosotros. Hay cosas que, nos guste o no, no podemos controlar, y debemos confiar en que podremos usar a nuestro favor cualquier resultado que surja.
La vida es una incertidumbre. Podemos aprender a ver eso como algo mágico: si cualquier cosa puede ocurrir, entonces todo es posible.

Cuando volamos, no se puede retroceder de manera convencional: los aviones no tienen marcha atrás (por eso hay algo llamado push back que tira al avión hacia atrás a fin de que se acomode para el despegue). Y por ahora, en la vida ocurre lo mismo: lo hecho, hecho está y no puede modificarse… aunque sí podemos cambiar la forma de ver y procesar nuestro pasado, y con ello, cambiamos de alguna forma nuestro presente, el cual, a su vez, determina nuestro futuro.
El tiempo pasa, y bastante rápido a veces – especialmente en los viajes. Y eso nos recuerda que no tenemos todo el tiempo para aprender, cumplir nuestros sueños y deseos, desarrollarnos, crecer…

El tiempo que tenemos es AHORA y es el momento de hacer lo que deseamos. No hay otro.

Desde chica mi superhéroe favorito era Superman porque podía volar: siempre soñé con poder hacerlo. Siempre quise tener superpoderes. En lo personal, después de un viaje que hice en el año 2012, descubrí esta pasión que tengo por viajar y la hice, de alguna manera, mi profesión y vocación: mi misión en la vida. Y descubrí que eso me dio el superpoder de la perseverancia, y el de saber que todos tenemos alguno, que hay que recordar que si antes pudimos algo, podemos lograr otras cosas aplicando la misma persistencia. Todo es posible.

¿Qué quieres hacer y ser? ¿Cómo quieres que sea tu vida? ¿Qué tienes que hacer para lograrlo? Cuéntame en los comentarios 🙂

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Alejandra de Picciotto
Alejandra de Picciotto, cuyo pseudónimo literario es Alura, es una nómade del Cielo. Nacida en una pequeña localidad del oeste suburbano de Buenos Aires, en Argentina, actualmente se desempeña como Auxiliar de Vuelo, aunque su primera carrera fue como Docente, Profesora de Inglés, que sigue ejerciendo simultáneamente de distintas formas. También es Coach, escritora y bloggera en www.aluratravels.com . Cuando no está volando, está tratando de cumplir sueños en la tierra, porque tiene la gran convicción de que los sueños se han hecho para cumplirse. "Amo las historias de sueños cumplidos" :)

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