Cámara incineradora de Auswicht                                      

La risa de un niño es siempre la misma: apolítica, adogmática, sincera, sin nacionalidad, sin rabia. La risa de un niño es sagrada, pero sin metáforas. Con la misma sacralidad que tiene la Meca, el Muro de las lamentaciones, la sagrada forma o la teoría cuántica.

Nadie tiene derecho a cercenar esa risa. A sustituirla por dolor, lágrimas, miedo o sangre.

Literas de los barracones         

700 niños nacidos en Auswicht, 60 sobrevivieron. El resto eran asesinados inyectándoles fenol o ahogándolos en cubos de agua entre risas y con las madres delante. Aquellos que no mataban eran fruto de experimentos terribles. No hay excusas, no hay justificación.

No me sorprendió ver militares israelies en Auswicht, algunos casi llorando ante ese horror. Recuerdo un chico uniformado, de unos veinte años llorando en lo que fue el pabellón de los niños, no me atrevo a llamarlo escuela.

Imagino personas en sus casas siendo desalojadas de las mismas y reubicados a la fuerza, padres y madres arrastrados dejando atrás pertenencias familiares o que tanto esfuerzo costó conseguirlas por el trabajo duro. Imagino a los nuevos ocupantes de esas viviendas robando la esencia del hogar, la mesa donde se compartieron risas y llantos, sueños y pasados, recuerdos de familias.

Imagino como son llevados en camiones, trenes, obligados y hacinados. Con el miedo del fusil apuntándoles, con el terror de la muerte, la reclusión y el hambre.

Cámara de Gas.

Un pueblo perseguido, humillado, desalojado, repatriado. Un genocidio como el de los indígenas americanos, gitanos españoles expulsados, sefardíes en Al-andalus, genocidio Armenio, Ruanda, Ucrania. Asesinatos en masa, expulsiones, desarraigo.

El genocidio es el crimen organizado, la infamia auspiciada por leyes injustas creadas a medida de la necesidad de torturar, matar y aniquilar. El genocidio      –por definición– es el acto diseñado con la intención de destruir o desterrar total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, religioso o racial.

Reitero, la risa de un niño es sagrada, el hogar es inviolable, el dolor y el llanto que provoca es siempre fruto del sufrimiento. Un pueblo desterrado como el Palestino, acribillado, asesinado injustamente por fuerzas colonialista que se amparan en viejos derechos de posesión y en textos religiosos que hablan no sólo de tierras, sino también de misericordia y caridad.

 

 

 

Celdas 

Solo espero que aquel soldado uniformado y con la estrella de David que lloraba en el viejo barracón de Auswicht, recuerde cuando apunte a la cabeza de un niño, cuando desaloje una vivienda, cuando empuje a otros a la miseria a la que empujaron al pueblo judío que el dolor de los suyos es el dolor que ellos causan hoy.

 

Arañazos en las paredes de las cámaras de gas                

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Paco Sanmartin
- Presidente de la Asociación Libre Ocio Aljamía - Director y editor de Revista LOA -

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