Todo aquello que se mueve adquiere, en un momento u otro, una forma, un sentido, un constructo, un fin; un cuerpo. Y no solo hablamos de leyes físicas, no.

Tampoco queremos recordar los cuerpos ya formados, asentados en un inicio, convertidos en dogma, como la acumulación originaria, que tanto hizo por el capital. Así la revolución, como movimiento repulsivo, desestabilizador, como acción, es un cuerpo vivo, con propiedades análogas a cualquier otro. En ella se dan un desarrollo, unos cuidados, una coordinación de los órganos que la componen, a la vez que existen parásitos, bacterias y otros agentes perjudícales. Podríamos ver su existencia como el desenvolvimiento de un cuerpo vivo.

Por otro lado, todo cuerpo, independientemente de su constitución, tiende a la entropía, al desorden. Y con esta condición hay que “lidiar”: asumir que, si hay algo universal, es una inercia que lleva a todas las cosas a la dispersión, al caos. De esto no se exime el cuerpo revolucionario. ¿Cómo conciliar la constitución corporal del movimiento revolucionario con su inevitable desorden, más que próximo, presente?

No me voy a complicar en responder: destruir. Destruyendo habilitamos un nuevo espacio para la creación. Claro que hay muchas formas de destruir, pero aquí solo nos concierne la destrucción que supone deconstruirse. Cómo el “Corpus Hypercicus”, el cuerpo revolucionario se eleva en forma de vivencia fragmentada sobre un resto al que inferioriza. ¿Cómo puede ser que la gran promesa revolucionaria se hegemonice? ¿Por qué hay sectores cuya rigidez y organización se vuelven efectiva al igual que otras tendencias reaccionarias y se imponen sobre las que supuestamente deberían ser su colegues subversivos?

Pues más allá de porque estos sectores que proyectan esquemas normativos, pienso que siempre va a haber una otredad. Y esa otredad cuestiona los privilegios que existen dentro del cuerpo revolucionario, del cuerpo de cuerpos.

La Crucifixión Corpus Hypercicus –  Salvador Dalí 

Hoy, aquí y ahora, existimos en una inmensidad de cuerpos, la mayoría luchando por una superioridad, unos cuantos otros recreando eso sin darse cuenta y otro montón de ellos que se desgarran. Aquellos cuerpos que se desgarran son atravesados por formas de vivir la lucha que destruyen las doctrinas ortodoxas y generan nuevas experiencias, más allá de la arraigada lucha tradicional, ampliando el campo ontológico, rompiendo los límites de lo establecido y, por ello, creciendo en la indeterminación, el mejor terreno para crear.

No, no queremos una ola de gente con conciencia de clase heteropatriarcal y cis, tampoco lobbies que representan parte de las reivindicaciones queer pero que trabajan desde los privilegios de raza, clase y salud; ni movimientos artísticos con conciencia crítica que ocultan la parte más importante de la subversión: las vivencias. Sin silenciar, escuchando, evitando olvidar, dejándose atravesar por la flecha y sintiendo nuestro tejido en ella y viceversa.

Transversalidad, intersecciónalidad, cuerpo que es cuerpo plenamente desde la indeterminación, luchando por no desvanecerse y por crearse a si mismo.

Desde lo marginal, lo ajeno, lo extraño, hacer de nuestras vidas algo más que resistencia, expansión. Promover el efecto mariposa del espacio común y creación libre. Encogerse en la vuelta a la conexión con el aire, la tierra, escuchar la naturaleza que llora. Quererse sin exclusividades, complejos o daños. Cuidarnos. Recordar voces mutiladas. Crear voces divergentes. Explorarnos. Que si sentimos que las fuerzas se nos agotan sea porque estamos realizando el mayor esfuerzo posible por, literalmente, un mundo nuevo. Estamos intentando contener lo indeterminado mientras destruimos la máquina de descerebramiento para, cuando el bosque nos lo diga, explotar y traer lo ilímite.

Y la flecha sanó la herida.

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Vic García
| Redactor | ‌Hola, soy Vic. Detesto las descripciones asépticas, así que, siendo breve, puedo decir que me gusta hacer ruido con instrumentos, destrozar papeles poniendo garabatos y algún que otro poema en ellos, las raves, el jipi japa (hip hop), y, cómo no, montar grieska en las calle cuando toca. A menudo también pienso en ontología, espiritualidad y en qué le pasa a los centros de salud mental en Españistán. Ah, sí. Y nací un 4 de marzo de 1999, en Asturias, por si alguien quiere felicitarme.

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