Quizás era necesario; hemos vivido sentimientos, emociones y pensamientos diferentes desde la “reclusión”, nos hemos enfrentado a uno de los temores más intensos de nuestra época: el silencio y la soledad. Un silencio que hace eco en nuestros oídos, que sólo se rompe por aplausos a las 8 de la tarde y alguna que otra sirena o melodía que sale de algún balcón y a una soledad a veces compartida y a veces individual, que ha hecho que nos miremos al espejo de lo que somos y quienes somos. 

Hoy sentimos lo mismo que desde una pequeña celda vive día a día un fraile, una monja, una persona que optó por apartarse de la vida “cotidiana” y vive aislado con su propio pensamiento en un acto que muchas veces he considerado egoísta y falto de solidaridad, pero que te obliga a enfrentarte con el peor de los enemigos que tenemos: nuestra propia mente

No hablo del “buenismo” que ha sustituido al conformismo eclesiástico católico; ni del destino espiritual que nos conduce por caminos y procesos necesarios e innegociables; ni tan siquiera del “todo es por algo” tan de moda en los círculos místicos y espirituales. Sino de la necesidad de un cambio de conciencia social y ecológico, materialista y humano. 

Quizás era necesario; la madre Naturaleza, la Tierra sana, se cura. Los índices de contaminación bajan, los ríos se vuelven cristalinos, los animales recuperan espacios perdidos y el cielo se ve… ¿más claro? diferente, no hay una capa de humo que cubre nuestras cabezas. 

Sin coches, con las fábricas cerradas, reducción de vuelos comerciales; las organizaciones ecológicas y medios de comunicación difunden imágenes y noticias del lado ¿positivo?, sí, del lado positivo de esta pandemia. Hemos luchado, peleado, denunciado, plantado, reforestado, escrito durante años y han sido unos pocos días lo que han bastado para que Pachamama recupere parte de su equilibrio. 

Quizás era necesario; para ver lo felices que éramos, la libertad de entrar y salir, tomar una cerveza, ver a un amigo o amiga; ¡dar un abrazo!, un beso… sentir el afecto y el calor, andar por las calles. 

Actos que no valoramos en su momento y que los habíamos integrado como lo “normal”. Mañana, en unas semanas… cuando volvamos a salir, cuando podamos dar de nuevo ese abrazo, ese beso, espero que nuestras miradas sean especiales. Que ese primer trago de cerveza en una terraza, ese primer paseo por la calle, por un parque, ese primer “chute” de oxígeno al respirar fuera de nuestras casas nos llene no sólo los pulmones, sino el alma.

Mañana, cuando salgamos a la calle, espero que esa ola solidaria de respeto a sanitarios y valoración de su trabajo; esa corriente de preocuparnos si el vecino tiene comida y está bien; ese cuidar a los niños como comunidad; ese amor por nuestros mayores, del que España ha dado ejemplo frente al mundo; se mantenga. 

Hemos descubierto quienes somos, hemos reflotado la esencia humana, hemos rechazado a los insolidarios, a quienes han querido lucrarse con el dolor, hemos apaciguado nuestras letras, nuestras críticas, nuestra ira y hemos abierto la mirada; sigamos así. 

Quizás era necesario, a pesar del dolor de familiares que se nos han ido, a pesar de la soledad, a pesar de que nos enfrentaremos a una crisis mundial sin precedente que no es cuestión de números sino de familias desamparadas y sin recursos; a pesar de todo eso; quizás era necesario que la Naturaleza nos dijera ¿Que os creéis?, mirad que minúsculos sois y que grande podéis ser. 

La eternidad está en el abrazo, en el beso, en esa cerveza de la que hablábamos antes; en el paseo diario y en la libertad de ese gesto tan sencillo como es cerrar la puerta y dar unos primeros pasos hacía la calle. 

Sin prisas, viviendo y sintiendo el aquí y ahora; porque es el instante el que vale, el momento presente, lo que nos hace sentir; quizás era necesario ver y palpar nuestra vulnerabilidad para valorar lo Humano y lo Natural. Para valorar… la VIDA. 

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