El pasado día nueve de mayo tuvo lugar en El Encuentro (C/Escudo del Carmen, 10) una velada con flamenco en directo como cada jueves a las 21:30h. Esta ocasión era el turno de un cuadro compuesto por la bailaora Carolina Morales, una cantaora que también tocaba el cajón y el guitarrista Enrique Amaya.

Cuando los compañeros y compañeras con los que iba me dijeron que íbamos a ver
un espectáculo flamenco me esperaba el típico tópico andaluz en un bar preparado y
pensado para turistas, y cuál fue mi sorpresa                                                                  al ver que no era así.

El concierto tardó una media hora en empezar y mientras tanto, las treinta personas
que cabíamos en el bar, tomábamos algo. Era un ambiente coloquial y familiar, todo el
mundo parecía conocerse. Los tres artistas se colocaron en una esquina del bar, ocupando
un espacio de tres metros cuadrados aproximadamente, y sacaron un tablón, que parecía
arrancado de una obra, de contrachapado y de forma irregular. En cuanto a la estética de
cada uno de los componentes de este cuadro, la bailaora llevaba un típico traje de flamenca: vestido con lunares y volantes, mantilla con flecos, pelo recogido en una coleta con una gran flor, todo de tonos morados, gran referencia al empoderamiento de la mujer; la cantaora iba vestida de urbano, con una camisa de rayas, un vaquero y unas zapatillas
deportivas, algo contrastante con la estética de la bailaora pero no creo que hubiese una
intención de ello, simplemente era la ropa que llevaba ese día y se podría decir que le pilló
así; a su vez, el guitarrista iba todo de negro, con una camiseta negra con un dibujo de
Enrique Morente, todo un homenaje hacia el que se considera un maestro en toda Granada y mundo del flamenco, el que fue una referencia imprescindible para entender toda una época, la suya, quizá de las más importantes de la historia del flamenco.

Empezaron tocando “algo lento”, como ellos mismos dijeron y después tocaron por
alegrías, con baile incluido. No sé cómo la bailaora podía moverse en ese tablón de un
metro de largo y medio de ancho, con unas letras elegantes y escobillas3 llenas de fuerza y
conmoción. La cantaora, algo ronca, también sencilla y cantando sus propias letras
realzando siempre a Granada y su magia. El guitarrista, alumno de David Heredia,
interpretaba sus propias falsetas también. El resto de piezas fueron casi todas tangos y por
petición del público hubo unos tangos granaínos en los que parecía que el guitarrista se iba
a desmayar a los pies de la bailaora mientras le acompañaba, totalmente entregado a su
zapateado. El fin de fiesta fue el famoso Ovi Ova de Tonino por bulerías, donde varias
parejas del público se animaron a bailar y acabamos con una escena muy divertida.

Por lo general, el espectáculo me asombró bastante, era flamenco “pa trás”, como
uno de mis compañeros me comentó: flamenco al mismo nivel que el público, sin
amplificaciones ni cables, luces, escenario… familiar y coloquial, como en las auténticas
zambras del Sacromonte.

 

Maite Luján

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