Me gustaría abrir este artículo pidiendo perdón. Sé y entiendo que el arte del drag o transformismo es algo que se puede llegar a escapar de nuestras capacidades y que definir lo que significa este tipo de puestas en escena es algo complicado, puesto que cada individuo puede llegar a tener su propia idea o concepto que no tiene por qué encajar en las ideas de otros, pero, intentaré al menos, que toda esta conversación sea de lo más fluida posible y quiero ser lo más inclusivo posible con este arte y sus miembros, sin llegar a desvalorizarlo.

 

Para algunos, estos artistas rozan el nivel de “pseudo-dioses”, sobre todo desde que diversos formatos televisivos apuesten por ellas/os y consigan una recepción positiva por parte de la crítica y de la audiencia. Otros todavía tienen en la cabeza esa idea de un o una transformista como “una panda de locas” y los ponen al mismo nivel que otros grupos de una sociedad más lúgubre y excluida, como la prostitución o los drogodependientes. Una tercera visión de los transformistas puede ser más a nivel político: están abriendo debates necesarios sobre la auténtica identidad femenina y masculina, rompiendo conceptos que se tenían sobre la mujer o el hombre, riéndose de los tan marcados estereotipos. A fin de cuentas, a día de hoy, el discurso actual en este tema es, principalmente: “¿qué hace a una mujer, mujer? ¿y a un hombre, hombre?”. Esas charlas y esa mentalidad se han creado a partir de gente como los y las drags. Incluso, levantamientos como el de Stonewall en Nueva York (de los que este mismo verano se han cumplido cincuenta años) fueron protagonizados por drags, entre otros miembros del colectivo LGTBIQ+.

 

Académicos y propios miembros del colectivo no se ponen todavía de acuerdo si este “boom” que los drags están experimentando en los últimos cinco o diez años puede ser algo positivo (visibilidad, normalización, reconocimiento por su trayectoria), o algo negativo (cuanta más visibilidad, más invisibilidad política tienen, su discurso desaparece y se empieza a popularizar por el simple hecho de que esté de moda o que le gusta, y se empiecen a olvidar de esa historia que tiene el drag).

También sería absurdo pensar que todxs lxs drags han conseguido el mismo éxito y reconocimiento. En Estados Unidos, una vez que la todopoderosa RuPaul te toca con su varita mágica, haces giras alrededor del mundo, grabas discos con números de ventas nada reprochables, revistas de prestigio como Vogue o Cosmopolitan mueren por trabajar contigo, o incluso trabajas en películas nominadas a los Oscars. Aquí en España, sin embargo, la simple idea de querer vivir del arte del transformismo es algo que se te tiene que quitar de la cabeza conforme das el primer taconazo en el escenario de algún club de ambiente.

 

He tenido la suerte de poder hablar con algunas drags que conocen de primera mano la escena drag de Granada para ayudarme con este artículo y poder expresar, de verdad, su voz y su opinión de qué es el drag, sus historias y si le ven futuro y variedad al transformismo granadino:

Grindr Spears afirma que “el drag es una expresión de poesía de uno mismo”. Es el arte de jugar con tu propio cuerpo para volver a crearte, sacando a la luz algo que tú mismo escondes o ni sabías que tenías. Me confesó que sus comienzos no fueron nada fáciles y sus razones para empezar con el drag tampoco, pero que está orgullosísima de su evolución a lo largo de los años y que, a día de hoy, solo espera que la gente se lleve un buen sabor de boca cuando salga de uno de sus espectáculos. Sobre el drag granadino, me confesó que está bastante contenta con la variedad y el nivel que tiene y que, a fin de cuentas, esta ciudad no tiene nada que no tengan otras capitales españolas. Eso sí, por ponerle una pega a todo este mundillo, cree que ese trabajo no está lo suficientemente reconocido: afirma que, tanto algunos empresarios como asistentes, no valoran esa individualidad ni el proceso de creación del personaje. Incluso las propias drags que están empezando ahora están “casi regalando su trabajo”, un arte por lo que se invierte mucho dinero.

Para otra transformista granadina, el drag es “un arte que, usando maquillaje y ropa, consigue que el individuo se convierta en lo que el público quiere que seas”. También me confesó que este “arte” necesita cambiar y necesita de ese “aire fresco” que traen sus compañeras que se encuentran empezando todavía por todo lo que tienen que aportar al mundo del transformismo. Para ella, que lleva en activo desde los ochenta, la evolución del drag ha sido ciertamente notable con el paso de los años y destaca la facilidad que tienen las chicas que empiezan ahora mientras que ella necesitaba pedírselas a un amigo que viajaba regularmente a Brasil que, por su famoso carnaval, era más fácil adquirir las cosas que iba necesitando. También me ha hecho saber el aprecio con el público de esta ciudad por el respeto que siempre ha notado que le tienen y la buena calidad de las artistas locales.

He podido hablar con D’Oritos que me ha estado hablando de su propia visión del transformismo: es la creación de un “alter ego” con rasgos que no saldrían si no lo construyeses.

Esa liberación fue lo que le ha ayudado recientemente a crear su persona drag y empezar a subirse a los escenarios. Me ha confesado que se puso muy nerviosa en sus primeros espectáculos, pero que siempre piensa que “el público que va a shows drags aman ese arte y van a ser comprensivos”. Critica principalmente es la rudeza y la obscenidad del transformismo, sobre todo en la relación drag-audiencia, pero sabe que hay reinas que entienden su punto de vista y que cada vez más las interacciones con los espectadores se van suavizando. Por último, cree que el drag granadino tiene variedad y talento, aunque cree que hay varias cosas en la que puede mejorar. Piensa que “tenemos que salir a la calle para hacerlo visible, y que se entere España entera, que en Granada acogemos a todos con las manos abiertas y los tacones puestos. La gente verá así que no somos un peligro para nadie, ni atentamos contra nadie”.

 

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