Casi 5 millones de personas están confinadas solas en España estos días. Unos 2 millones tienen más de 65 años, y más de un 70% son mujeres. Pero vivir solo no es lo mismo que vivir en soledad: vivir “solo” es un aspecto físico, y vivir en “soledad” es un aspecto
emocional, que no tiene porque ser más acusado en la gente mayor, sino precisamente en las personas que viviendo solas llevaban una gran actividad social que se ha mermado estos días.

Pero es muy distinto estar solo porque uno quiere, a estarlo obligados por un estado de alarma. En este sentido, la falta de familiaridad con las redes sociales puede hacer más duro el confinamiento, y estar metido en esas formas de comunicación lo hace más llevadero. Pienso que es muy fácil ayudar a las personas que no son “nativas digitales” para que se familiaricen con herramientas sencillas de videoconferencia, para tener esa
comunicación tan necesaria.

En cualquier caso, y a cualquier edad, si vemos que esta situación me genera tristeza, preocupación, miedo, o ansiedad, tendré que procurar esa comunicación de modo especial si esa crisis se hace más patente.

Muchos días solemos tener momentos de euforia (para mí la noche) y de bajón (para mí cuando me despierto). No digamos cuando hay tiempos de crisis: nuestras sombras se hacen mucho más presentes, y puede afectar a nuestro equilibrio mental. Hacemos broma de que hasta nos ponemos a hablar con los electrodomésticos.

Sabemos que ciertas rutinas ayudan a estar bien, como también tomar el sol (vitamina D), buena alimentación, tener aficiones que quizá no podíamos desarrollar normalmente (como recetas de cocina, o dedicar más tiempo a cosas que nos gusten). Y divertirnos: nos dicen que tal libro, o serie o película es muy buena, y así la vemos y compartimos la opinión con nuestros amigos. Pero aún así puede entrar cierta angustia, y estamos; sin hacer pie; en el mar de nuestra vida, desencantados e inseguros ante pensamientos negativos que se amontonan en la cabeza en desorden… pérdida de trabajo, de salud…

Precisamente ahí es importante que no nos quedemos en la estacada pues en aquella contrariedad intuimos que hay algo, tenemos una experiencia que puede llegar a ser un cierto conocimiento vago por lo menos, algo aunque sea confuso, de que la vida nuestra está siendo sostenida… Los que optan por la trascendencia oyen el eco de esa voz que lleva a zambullirse en la interioridad más íntima, por Alguien que nos ama. Esto hace que por
encima de la soledad esté la compañía, el descubrimiento de una chispa divina en lo interior, “más interior a mí que lo más íntimo mío” (S. Agustín), y ese encuentro es siempre fecundo y es un tipo de comunicación único que desvanece toda soledad como la niebla con el sol.

Esta bendita soledad interior es camino de la soledad a la comunión, y se pasa por un descubrimiento de la interioridad, cierta voz interior, que precisamente no nos cierra a nosotros mismos, sino que intuimos que no podemos estar aislados, que hemos de tener
confianza en alguna persona para recuperar en esos momentos la brújula interior, y saber para dónde ir en medio del tornado. Pues si conquistamos esa paz interior, en medio del tornado podemos sentarnos tranquilamente en una silla mientras todo vuela a nuestro  alrededor. Eso sí, con la confianza en esas personas podemos tener un contacto con la realidad, y no estaremos nunca neuróticos, no acabaremos “mal de la azotea”. Lo que digan los demás poco nos importa, que nos llamen locos si quieren, porque nos importa la
opinión de esas personas que nos dan confianza.

A mí personalmente no me han faltado esos amigos que me han sostenido, pienso que Dios –tú puedes pensar que es el universo- nos ha puesto en el camino esas personas en el momento oportuno. Una vez existen esas personas ni siquiera hace falta ya verlas. Cuando
hay un amigo, todo es soportable, más aún: útil para el crecimiento.

En muchas ocasiones sentimos que la presencia de los demás nos lleva a algo más alto. Hay una unión misteriosa entre las personas que crea un espacio para la presencia de la divinidad, como dijo Jesús: “donde estéis dos o tres de vosotros reunidos en mi nombre,
ahí estoy Yo”, en un espacio espiritual de comunión, tierra sagrada.

Junto con la amistad es esencial para la salud el contacto con la naturaleza (ahora que ya podemos salir, no hay que quedarse más tiempo encerrados), música… todo lo que sea belleza engrandece el espíritu, y como estar con la gente ya lo hacemos algunos, lo que nos falta es esos remansos, esa paz en soledad que es precisamente lo que nos ofrecen estos días…

Recuerdo cuando vivía yo en Roma que un mendigo al verme correr por las calles me dijo: «¿por qué vas tan deprisa? No hace falta correr… Tómate la vida con más calma». A veces cuesta entrar en nuestra verdad interior, y nos duele enfrentarnos a nosotros mismos.
Ahora que el tiempo se ha detenido, podemos aprender a vivir con calma.

“No hay mal que por bien no venga”. Si en lugar de estar amargados por no poder salir a hacer lo de antes, disfrutamos haciendo tantas cosas que no teníamos tiempo de hacer, comenzando por tener un orden en descansar, dormir esas 8 horas que reconfortan, aprender un idioma o profundizar en su conocimiento… Todo es cuestión de no sentirse esclavos sino tener esa libertad interior que es la que podemos ganar con un equilibrio, dirigiendo nuestros pensamientos de modo voluntario y sostenido, sabiendo que lo mejor siempre está por llegar.

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