El amor y la guerra

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La caja de sorpresas que es la arquitectura guerrera estadounidense acaba de regalarnos una nueva muestra de genialidad “bucólica-trumpiana” (cosas veredes). Al parecer (presuntamente, no vayamos a liarla), según se ha sabido tras la desclasificación de documentos oficiales, el Pentágono investigó hace poco un arma especial, novísima, aunque finalmente la han desechado.

¡Qué descanso! (Vaya, vaya, después de los millones consumidos. Menos mal que eso les sobra, mientras haya de dónde extraerlos).

Las preclaras mentes mandantes, alentadas por el ímpetu modernizador de “Sushine Project”, empresa con sede en Texas y sucursal germana, han sido capaces de demostrar al mundo que la imbecilidad es mucho más apasionante que la inteligencia, porque la inteligencia tiene límites, cuando estudiaron una nueva arma que vieron, creyeron, decidieron letal. Y de ello se convencieron, única forma de justificar el gasto de más de ocho millones de dólares, ocho.

Ahí va la genialidad. Sin segundas, ni terceras, ni cuartas modernizaciones. Esta gente no se corta con ná:

El virus contenido en la bomba creada al efecto (el de propagar el virus), al estallar sobre el enemigo, elevaba considerablemente la líbido (dicen sus “sapientes” creadores), lo que provocaría una orgía sexual entre los combatientes, lo cual dejaría el camino libre a sus bien adiestradas y heterosexuales tropas.

No han dicho, no dijeron, no se han molestado siguiera en decir “entre los combatientes y combatientas”, que en USA no hay sabios “decididores” de diferencias de género, capaces de imponer una ministra de “igual-dá”. Imposible saber si están enfadados con Pepeluí, el feminista mayor del reino, o al norte del hemisferio americano no ha llegado todavía el furor paritario, aunque la parida sea mayestática.

Ante la hilaridad provocada por tan “genial” invento, visible en la “güé” de la empresa promotora (www.sushineproject.es), el ejército estadounidense ha dado marcha atrás. Después de los más de ocho millones de dólares gastados (ahí no hay crisis, vaya por Dios), no van a terminar con el crecimiento humano en los países “enemigos”, con lo bien que hubieran quedado los americanos, sin necesidad de hartarse de matar… Pero han dejado en el aire alguna interrogante.

Por ejemplo: ¿La bomba volvía homosexuales a los soldados? Si únicamente esparcían un potente afrodisíaco, como se ha dicho, ¿contaba el Pentágono con activar el (supuesto) componente homosexual de la mayoría de los seres humanos? ¿Era “furor uterino” lo que envasaban para hacer que los soldados “se amaran” entre sí? Si no ¿Los uniformados yanquis, simplemente ven un vicioso infatigable en cada homosexual?

Por cierto: ¿O están viendo un homosexual en cada enemigo?

¿O en cada combatiente de cualquier otro país?

Una duda supera a todas las demás: ¿habrán caído en la posible traslación del espíritu de la Falange Sagrada, a la que hacía invencible el juramento de mutua defensa o morir juntos? Difícil sería, pues ese espíritu de la Falange tebana es incompatible con la interesada y dislocada confusión de homosexualismo con debilidad y con bacanal permanente. El invento americano más bien coincide en genialidad con el generalito español que pensó acabar con los homosexuales españoles llevándoselos a la guerra, como si no hubieran estado en ellas, lo mismo que cualquier otro varón, a todo lo largo de la historia mundana, en España y en cualquier otro lugar del mundano mundo.

Lo dicho: hay gente que no conoce el sentido del ridículo. Pero eso no es lo peor. Lo grave, lo muy grave, lo dramático, es que tienen poder sobre nosotros. Vamos, que nos tienen en sus manos.

Así va el mundo. ¿Cómo queremos que vaya con estos dirigentes que nos ha tocado sufrir?

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