EL AMOR A UN SISTEMA

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-¡Ay, mama, déjame en paz! ¡Yo haré lo que quiera! ¡Qué sabrás tú de mi vida!

Estas y muchas otras, son las típicas frases adolescentes con las que marcamos una separación, un territorio, un ápice de libertad dentro del sistema al que pertenecemos.

Pero nadie nos explicó que ese camino hacia la independencia, tuviera necesariamente que ir aparejado a un camino de retorno al sistema. Un camino de retorno en el que se pone en juego nuestro bienestar, paz mental e incluso felicidad.

Cuando, con la arrogancia de la edad rompemos el cordón que nos une a los padres, estamos pisando un terreno muy resbaladizo. ¿Por qué? Pues porque papa y mama son mucho más que papa y mama. Son la puerta de entrada a nuestro sistema de origen. Un sistema que nos sustenta a cada uno de nosotros, independientemente de lo bien o lo mal que los componentes del mismo hayan sabido hacerlo como padres, abuelos, bisabuelos, etc.

Somos mitad papa y mitad mama a nivel celular y emocional desde que nacemos y, si hemos convivido con ellos, también a nivel conductual. Sin saberlo, al rechazar lo que ellos son, nos estamos rechazando a nosotros mismos.

Difícil decir gracias, gracias por la vida que me habéis dado e imprescindible para vivirla con la certeza de que nos pertenece.

Difícil recordar, a veces, que somos el resultado de un acto de amor, pero necesario si queremos sentir ese amor en nosotros.

Si caemos, nuestros padres vivos o fallecidos nos sustentan, como así lo hicieron sus padres con ellos. A su manera, torpe o burda sí pero real. Solo que para eso, hemos de haber recorrido el camino de vuelta.

Gracias papa y mama por darme la vida. Gracias por todo lo demás que me habéis dado, es más que suficiente. Del resto me encargo yo.

 

“Nunca es tarde para tener una infancia feliz” Ben Furman.

 

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