DERECHO A DISENTIR

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¿A quién le gusta encajar goles ajenos al juego?

Pues hay que sufrirlos cada día.

Sin poner en duda la honradez de los árbitros, da miedo su excesivo poder; lo manifestamos con reiteración; tanto como escudos pretextan para mantener su omnipotencia. Sin embargo, el error debe revisarse aunque fuera involuntario. La arrogancia y prepotencia del “hombre de negro” no contribuyen a mejorar su imagen, ni les absuelve su victimismo. Si es revisable una sentencia judicial ¿por qué no puede serlo una decisión arbitral? Nadie, ni siquiera los jueces, pueden considerarse por encima del bien y del mal.

Y no todo en este mundo es fútbol.

El único patrón válido en justicia es eso: ser justos. Ni siquiera la aplicación estricta de la ley debe superponerse a la Justicia, cuando la ley no es justa. Esto, que es de aplicación obligada en las dictaduras, también debe defenderse en democracia: que todas las leyes son mejorables.

Una decisión judicial raramente puede satisfacer a las dos partes en litigio. Es lógico. En cambio, sí le es exigible imparcialidad, ponderación; en una palabra: Justicia. Por eso molesta la reacción a cualquier desacuerdo con algunas sentencias judiciales. Ni el desacuerdo es una falta de respeto al autor de la sentencia –podría serlo el insulto, si lo hubiera, pero nunca el desacuerdo- ni un ataque al estado de derecho. Más bien debe pensarse que atacaría al estado de derecho el juez que tomara decisiones arbitrarias o en detrimento de los derechos del ciudadano. En definitiva, el que no fuera justo. Todos conocemos sentencias que provocan estupor. La confianza en la justicia no es cuestión de voluntad. Únicamente puede ganársela la propia judicatura con su proceder.

Tener y manifestar opinión no es presionar. Solo un débil de carácter o quien actuara conscientemente a favor de una parte, tendría razón para sentirse presionado por la opinión popular. Una cosa es acatar, pues obligan las leyes, y otra muy distinta compartir; algo a lo que ninguna ley puede obligarnos.

Los políticos sin embargo, como especialistas en el arte de la tergiversación, nos marean. Festejan gozosos, si la sentencia les favorece. Y condenan furibundos a quien manifiesta su desacuerdo… cuando esa sentencia les beneficia. Y, simultáneamente, pierden las formas y, en ocasiones, hasta la educación, cuando la sentencia les es desfavorable. Juego pérfido contra los cimientos del Estado de Derecho, en el que, sin embargo, basan torticeramente su negativa al derecho de los demás a disentir.

La Justicia continuará siendo la gran reforma pendiente por incapacidad de quienes deben acometerla. O por falta de interés en la imposición del Derecho, labor inasumible para quien castiga a otros por el simple hecho de no festejar sus errores. De no reír todas sus gracias.

El “gran pecado” de mantenerse de pie. Que por algo no interesa al poder esa reforma.

Frente a semejante posición totalitaria -que ninguna votación autoriza, por masiva que sea- la disensión razonada, la crítica constructiva, el desacuerdo con la injusticia, el combate a la arbitrariedad, no solo son un derecho. Son una obligación.

En este desolador panorama plenamente antidemocrático, en que las sentencias dependen de quien las dicte, antes que del propio hecho en sí, hasta puede parecer normal el poder omnímodo del “hombre de negro”, excepto para los damnificados por su frecuenta arbitrariedad –vaya casualidad, precisamente derivada de “árbitro”-. Incluso podían argumentar la excusa de la necesidad imperiosa, del tiempo limitado, hasta hace poco tiempo. Hoy, no. Hoy, con los medios electrónicos a nuestro alcance, ningún error arbitral puede ser disculpable. Se tarda menos en comprobar la jugada que en discutir sobre ella. Pero los árbitros, en lamentable negativa a la imparcialidad, se niegan a aceptar cualquier prueba de su error, por contundente que pueda ser.

Muy sintomático es que a la pregunta “-¿Puede un árbitro cambiar el resultado de un partido?”, la respuesta sea: “-Yo no contesto a esa pregunta”. Sin darse cuenta, ya la había contestado.

El fútbol necesita una reforma tan radical como la de la Justicia. Solo que el fútbol es necesario para ocupar el tiempo y la mente de una gran mayoría, por lo que es mejor dejarlo como está. Esa es la diferencia.

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