De madrugada

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Hacía tiempo que no la veía. Al entrar, después de hablar con el amable trabajador que se pasa horas y horas conduciendo aquella máquina, busqué un lugar donde instalarme, mirando a diestro y siniestro, para encontrar un ínfimo rincón donde dejar mis trastos y reposar mi espalda. Era de madrugada y el frío me hacía estar en movimiento constante para que la humedad no me llegara hasta los huesos.

Entonces la vi. Esa sonrisa que me resultaba familiar. Esa mirada que yo recordaba perteneciente a un cuerpo mucho más pequeño e inocente. La sonrisa cálida y agradable de aquella antigua amistad. Me vinieron a la cabeza todos aquellos viernes por la tarde que, poco a poco, fueron disipándose y haciéndose menos usuales. Aquella amistad perdida. Me senté a su lado, tenía ganas de hablar de todo aquel tiempo perdido en que nuestros caminos cogieron una bifurcación sin reencuentro. Se había cambiado de domicilio, su padre había superado una enfermedad grave, hacía vida en Coímbra y no en el pueblo, estudiaba ingeniería industrial, compartíamos gustos musicales… No nos dio tiempo a contárnoslo todo, pero valió la pena habernos visto aquella mañana que decidí dejar el coche en casa y coger el autobús.

Todo el día lo pasé contento. No todos los días te encuentras con un amigo de la infancia. También estuve pensativo. El transporte público ya no era solo un medio para ir de un sitio a otro sino un espacio donde interactuar, donde sociabilizar: el conductor y sus manías; las historias que oyes sin querer porque el de detrás cuando habla, chilla; la gente que conoces en la parada, compartiendo el frío de las mañanas o el calor del mediodía; las charlas con gente que no conoces; etc.

Deberíamos reflexionar sobre esta cuestión y olvidarnos, siempre que sea posible, del vehículo privado, con el que nos escondemos, nos volvemos antisociales en ese momento tan lindo, tan mal visto y desaprovechado como es el viaje diario al trabajo. De paso, además, vaciamos de coches las carreteras (principalmente las de la ciudad), que viven asediadas por la cantidad de peso, ruido y humo que tienen que aguantar diariamente.

Subo las escaleras que llevan al conductor:

  • Buenos días. Voy a Coímbra.
  • 2,70 €, por favor.

Cojo el recibo y quizás me arrepiento de no haber cogido el coche. Porque sí, ves y hablas con gente y es más sostenible utilizar el transporte público pero la sostenibilidad de mi bolsillo también es importante. ¿Cómo puede valer un solo viaje 2,70 €? ¡Ida y vuelta, 5,40 €! Imaginémonos que trabajo en un restaurante donde me (mal) pagan 4 euros la hora y trabajo media jornada cada día.

¿Qué beneficios saco si, además, me tengo que tomar el café de las 12 y la comida por mi cuenta? ¿Qué pasa con los estudiantes? Es un poco desesperante esta situación. Hace poco, en un viaje a Perpiñán, me quedé boquiabierto cuando vi el precio de los viajes en autobús público: 1 €, lo cogieras donde lo cogieras y fueras donde fueras. Y lo más importante, los billetes valían para desplazamientos por todo el departamento (lo que aquí equivaldría a una provincia) y para todos los transbordos que hiciera falta.

En nombre de muchos usuarios invito a empresas y ayuntamientos a que propongan títulos económicos o que los ayuntamientos se pongan de acuerdo y aumenten la subvención destinada a este tipo de transporte. Ya sale más caro coger el autobús que ir en coche. ¿Eso es fomentar medidas a favor del medioambiente?

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