Comportamientos dentro de la sociedad

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Muchos de nuestros comportamientos son casi involuntarios, pedir perdón cuando nos tropezamos con alguien por la calle o el lado para el que hay que girar una llave para abrir la puerta de nuestra casa. Estos comportamientos instantáneos están presentes en otros muchos aspectos de nuestra vida, nos han educado así y es lo que siempre hemos visto en nuestra casa. Pero, cuando crecemos, nos damos cuenta que lo que en una casa es normal, en otra es visto como algo raro. Por eso, cuando vamos a una casa distinta a la muestra, tendemos a comportarnos distinto, dejamos de ser nosotros para intentar adaptarnos a las condiciones del nuevo lugar.

Con la sociedad pasa lo mismo, pero de forma exponencial. Cuando conocemos gente nueva tenemos tendencia a aparentar ser otras personas, nos mostramos más comedidos y adaptamos nuestro comportamiento a la nueva situación que se nos ha presentado. Intentamos mostrar una versión más socialmente aceptada de nosotros mismos, distinta a nuestro comportamiento y reacciones naturales. Lo mismo pasa cuando algo nos molesta, pongamos que leemos una revista tranquilamente en una biblioteca y entran dos personas hablando (en un tono de voz inadecuado), todas las personas de la biblioteca se giran a mirarlas o harán sonidos para que hablen más bajo, de esta forma, sutil pero efectiva, los usuarios de la biblioteca conseguirán que esas personas se sientan incómodas y bajen el tono de su conversación.

Tras esto, no vamos a negar la función de control que tiene la sociedad, muchas veces para velar por el interés común, y que ha sido tan ampliamente estudiada por los sociólogos, pero ¿Hasta qué punto ese control que nos autoimponemos y nos imponen, nos permite ser libres? ¿Y honestos? ¿Por qué, a veces, está reñida la sinceridad con ser una persona socialmente aceptada? Puede sonar raro, incluso puedes llegar a pensar que tú eres libre y que no haces nada para que los demás dejen de serlo, pero ¿estás seguro?

Pongamos un ejemplo en el que la sociedad y su argumento de ser “políticamente correcto” nos impiden ser sinceros. Entras a trabajar y tu compañero de trabajo se ha teñido el pelo de verde, lo que, en tu opinión, le confiere cierto aspecto enfermizo, por supuesto no le dirás nada directamente de su color de pelo, pero… ¿Y si él te preguntara? ¿Serías sincero? Es muy fácil pensar que se lo dirías, pero lo más probable es que, de preguntarte sobre el tema, pondrías una sonrisa en tu cara y no le dirías la verdad. Y otro de los problemas viene en el momento en el que dices la verdad, en el momento en el que le dices a tu compañero de trabajo que no es algo que tú te habrías hecho o que no te gusta, en ese momento el resto de tus compañeros, incluida la persona que te preguntó te mirarán como mirabas tú a las chicas que hacían ruido en la biblioteca. Te miraran como si hubieras hecho algo mal, porque ser sincero no está bien visto.

Esta situación también tiene una parte de autoengaño por parte de quien pregunta, ¿realmente quería conocer la respuesta? ¿O solo quería que te fijaras en su nuevo color de pelo? ¿Por qué estas mentiras piadosas gustan más que la verdad?

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