Recientemente, en el cole de mi hija, participé en una escuela para padres. El nombre ya era sugerente, al menos para mí, pues me siento insegura a la hora de educar. ¿Qué de donde viene esa inseguridad?

-Excesivo perfeccionismo

-Padres muy críticos

-Y un muy largo etcétera que no por sabido ayuda a vencerla.

En esta escuela para padres, dos psicólogas nos instruían sobre una serie de aspectos que era conveniente conocer al educar. Lo que más me interesó fue conocer que hay cuatro modelos o estilos educativos principales y comprender en cual me encontraba yo. Los estilos educativos son: permisivo, restrictivo, negligente y asertivo o democrático.

Yo siempre había pensado que sólo el tipo de educación que recibí, excesivamente estricta, era el erróneo, pero nos hicieron ver cómo un exceso de permisividad o dejadez era igual de dañino para el niño. Para mi sorpresa y mi capacidad inacabable de autocrítica, mi marido y yo nos encontrábamos dentro del modelo más aceptable, el asertivo.

Salí de aquel taller muy contenta, porque vi que lo que estaba haciendo por instinto era lo correcto y, además con una batería de estrategias anti-pataletas de lo más extensa. Ésta última no me sirvió de nada porque mi hija, doy gracias al universo por ello, no ha tenido ninguna en sus seis años de vida, pero me la guardo para la adolescencia, por si acaso.

Tanta alegría que me embargaba duró poco, básicamente hasta que llegué a casa y la vida diaria me puso en la primera encrucijada. Sólo conozco la educación restrictiva, que es la que yo recibí, por tanto, ese es el modelo que podría seguir con más facilidad y sin embargo, sigo otro. La educación que yo doy me sale del corazón y eso implica que no tengo referencias. ¿Qué me genera esto? Constantes dudas y hasta a veces momentos en los que me río por no saber qué hacer.

Después de toda una vida yendo de psicólogo en psicólogo para aprender, entre otras cosas, a decir que no, imaginad mi estupor al ver la soltura con la que lo dice mi niña, sin pestañear. Y ahí aparece la duda de nuevo: ¿no me estaré pasando de democrática?

Pues bien, la respuesta es simple. No lo sé, de hecho y a pesar de la escuela de padres que sólo me puso una etiqueta, no tengo ni idea de cómo será mi hija en el futuro. Lo único que tengo claro es que mi estilo educativo, con todos sus posibles errores, nace del corazón y del afán por superarme y superar también todo lo que mis progenitores hicieron en su día y no deseo cambiarlo. Lo demás se lo dejaré a la vida y que ella me enseñe lo que vine a aprender.

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