Los latinos no son chicos, que la estatura media ya ha crecido lo suyo. Los latinos (franceses, ibéricos, italianos y rumanos) ya alcanzan el metro ochenta de media. Pueden ser niños y adultos. Pero tanto machacar tiene sus ventajas para el machacador (y la machacadora, no se alteren) y los andaluces han creído el hispánico cuento (que los chinos no tienen nada que ver en esto), el exótico cuento de que “hablamos mal”. Y poquito a poco, a la chita callando (y sin callar) como “hay gente pa tó” hay gente capaz de querer “mejorar” su vocabulario de la peor manera: imitando a quienes “hablan bien”, que no pueden ser otros que nuestros críticos. Pena, penita, pena de valoraciones, porque según eso “hablan bien” quienes están aprendiendo de los andaluces a perder la “d” intervocal y la “s” final. Justa y precisamente aquellos por lo que más bronca nos hemos ganado en el colegio, en los medios de difusión centralistas y en el vulgo, que bastante vulgar es cuando se atreve a criticar a otros por, supuestamente, “hablar mal”. Ignorantes de que nadie habla mal; se habla de manera distinta. Ignorantes de que, en todo caso, hablar mal sería cambiar el sentido de las palabras y de las frases: por ejemplo, como el “laísmo” (“la dije”, en vez de “le dije”), el “leísmo” (“le quiero”, en vez de “lo quiero”), o cambia la forma del verbo (“estaría” en lugar de “estuviera”), entre otros errores no menos garrafales, no cometidos precisamente en Andalucía. Tomen nota.

Está mal copiar. Otra cosa es aprender, si lo no se aprenden barbaridades o conceptos incultos. Por eso está mal copiar palabras mesetarias, mientras en la Meseta, algo más racionales en esto, aprenden la regla del habla andaluza, dónde se cuentan las letras “d” y “s” comentadas en el párrafo anterior. Aprender está muy bien, es una decisión inteligente; pero si se aprende de quien lo hace mejor. Lo contrario es atrasar-se. Por ejemplo, un “churro” es una cosa mal hecha. Por ejemplo. En cambio los calentitos-jeringos-tallos-tejeringos están buenísimos. Y no es chauvinismo, que lo certifican los mismos comedores de “churros” y “porras” en comparación ausente de color. No es posible comprender la manía de aculturizarse copiando palabras mesetarias, cuando nuestro léxico es muchísimo más rico. Y lo afirman reputados profesores y académicos.

 

Seamos serios: copiar no es evolucionar. No estamos renunciando a ninguna “evolución”, porque decir “chico” en vez de niño, o “churros” en vez de alguna de las definiciones andaluzas, no es “hablar bien”. Es copiar, empobrecernos lingüísticamente. Andar para atrás no es evolución. Es involución. Se trata, por tanto, de no renunciar a nuestra riqueza. Si un/una joven de 25 años no es un/una niño/niña, visto en forma más que rigurosa, con mayor rigor es obligado decir que no es un/una chico/chica, palabra que podrá ser más centrada en la geografía peninsular, más cursi. Pero no más correcta. La verdad es que le está costando entrar, pero la cursilería del acomplejado por creerse lo de “hablar mal”, le está abriendo sitio. Como la misma cursilería del mismoacomplejado (y acomplejada, no se apuren) le ha llevado a cambiar unas voces nítidamente andaluzas por la mesetaria “churro”. Que por cierto, no define exactamente a los calentitos-jeringos-tallos-tejeringos, sino a una variante estriada y frita en trozos independientes. Los que guardan un cierto parecido, leve, con gran diferencia de sabor y digestión, allí los llaman “porras”. Por cierto, buen lugar a dónde podría viajar la gente del complejo.

Si para nuestra desgracia se nos olvidara nuestro léxico, nuestro rico vocabulario; si empezáramos a empobrecerlo con la copia al habla madrileña-mesetaria, nos quedaría el consuelo y la posibilidad de recuperación, porque América sigue hablando andaluz sin sentirse disminuidos. Yerran cuando aceptan el término “latino”, pues con ello asumen una simple atribución del norte que les ha renombrado, para diferenciarlos de la América anglo-sajona. El término no es americano, es romano. “latino” es el gentilicio de la gente de El Lacio, la región de Roma, que se amplió a todos los habitantes del Imperio. Pero en América, como aquí, la palabra “niño” no solamente define a los menores anteriores a la adolescencia. Es un término amigable, cariñoso, que se utiliza en especial con aquellas personas a quienes nos une una cierta confianza. “El niño este”, “la niña esta”, ¡”Anda niño”! ¡”Vaya la niña”!, “niño” y “niña” que pueden tener treinta años. Pero la expresión es de acercamiento, la de “chico” y “chica” podrá parecer más “fisna” a los creedores del cuento. Nada más

Cada sitio, cada nación, cada cultura es como es y Andalucía debe seguir siendo Andalucía, todas las culturas merecen conservarse, no hay motivo alguno para desdecirnos de nosotros. Cambiar nuestro léxico no nos hace más cultos, si  acaso, todo lo contrario. Y nos desfigura; desfigura nuestro carácter, nuestra cultura. Es posible que después de siglos, estén consiguiendo asimilarnos, llevan siglos intentándolo. Sería lo peor.

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