Hace muchos años que no piso tu casa. “Cosas de mayores…”, decían mis padres.

He tomado el ascensor, como siempre. Pero ahora estoy yo sola mirándome al espejo. Doy un ligero respingo hacia atrás. Supongo que en el subconsciente esperaba ver la niña de dos totos, bragas de croché y vestido de frunces para las visitas que dejaba revoltosa el vaho en el cristal.

Han cambiado las puertas del ascensor. “Niños, no abráis las dobles puertas”, nos decían. ¿Cuántas veces me avisaron? ¿5, 10, 15? El sonido es el mismo, no hay duda. Cada vez que pasa un piso, sigue dando esa especie de latido. Recuerdo que cuando era pequeña quería que pasaran los latidos muy rápido, los del ascensor y los míos, para subir cuanto antes a ti. Sin embargo, mis latidos se escuchan ahora más fuertes. Ya queda menos…

El pasillo sigue brillando tanto como entonces. Pero es más corto, mucho más corto, y parece haber menos puertas. Es curioso, el olor del bloque es el mismo a estas horas. Me asomo al ojo patio. Cuelgan destacamentos de sujetadores y calcetines de las cuerdas. Dos vecinas se saludan por la ventana. Todo parece igual, como si este edificio hubiera quedado pusilánime al paso del tiempo.

Por fin llego a tu puerta. Me preparo para dar un salto y llamar al timbre. Una mujer de treinta y tantos años sale de la vivienda de al lado con dos hijos pequeños. La miro y me miro. Alargo la mano temblorosa y llamo. Me fijo en la mirilla y le digo feliz a mi padre: “Mira papá, hay alguien, hay luz.” Pero solo escucho la voz de esa señora, que me envía un “hasta luego” cuyo débil eco parece desaparecer en el primer paso que da mientras se aleja a la par de su sombra.

Alguien se acerca por el pasillo. No son los tacones de ella. ¿Quién será? De repente, la luz que ilumina el largo pasillo oscuro queda eclipsada por unos ojos que me miran a través de la mirilla. La puerta se abre tímida.

– Cómo has cambiado… Estás muy…

– ¿Mujer? – respondo sin saber qué más decir mientras me fijo en las silenciosas zapatillas de casa que calza.

– Escuchamos tu mensaje. Gracias por venir. Anda, pasa, no te quedes ahí parada.

Sigue siendo muy bella. Aún algo encorvada, le veo el mismo porte que hace veinte años.

Este pasillo también se ha acortado. Incluso los techos están ahora más bajos y no hay tantos recovecos entre las librerías. Miro al paragüero con la esperanza de encontrar ahí escondida a Anita. Pero, nada, está lleno de paraguas cerrados. Parece adivinar mis
pensamientos porque me dice: “Ya no llueve tanto como antes, ¿verdad?” Tiene razón. Está todo seco; los ríos, los campos, los bulevares… Hasta la gente está seca.

Huelo a pescado. Sí, está friendo boquerones. Solo comía boquerones en su casa; acompañados de lechuga, de mucha lechuga. Respiro hondo. Ojalá pudiera esnifar hasta el último espacio de esa casa. De repente, lo escucho. Sí, es él. No hay duda… La miro y asiente con una sonrisilla en los labios. Sigo andando por el largo pasillo, pero noto cómo mis pies se aceleran y abren paso a mi cuerpo rezagado. De repente, me encuentro corriendo hasta que abro efusiva la puerta del salón. Cierro un par de segundos los ojos por el sol que ilumina la habitación.

Y allí estás tú… Te acercas agitando los brazos, con esa sonrisa de duende de pared a pared, con el pecho encendido y la voz potente, hermosa, mientras cantas “​Qui dove il mare luccica e tira forte il vento… Su una vecchia terrazza davanti al golfo di Surriento…
​ “.

Me rodeas con tus brazos y sigues susurrándome Caruso al oído. Me inclino hacia ti y busco tu vientre para posar mi cabecilla alocada de niña, pero termino descansado la mejilla llorosa de mujer en tu hombro.

No puedo evitar cerrar los ojos. “Es domingo, otro domingo con el despertar del cacareo de fondo de las gallinas. Acudo soñolienta al olor del chocolate y las tostadas en las ascuas. Entonces, tú, querido tío… Coges mi cuerpo diminuto de niña en brazos y empiezas a cantar, sin saberlo, posiblemente la mejor banda sonora de mi infancia”.

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