“Romperme ya ese retrato
Que ese no es el de mi tierra,
Que me habéis pintao una cosa
Y otra mu distinta era”

En estos cuatro versos de “retratos de Andalucía” Jarcha recogía el sentir de un pueblo, la realidad de una dicotomía preconcebida, prefabricada para negar su personalidad, su historia. Su identidad. El 28 de febrero de 1980 se dio la mayor ruptura con las normas impuestas por la costumbre, por las leyes y por el cansino caminar del tópico. Andalucía demostró no ser un pueblo abúlico, sino consciente y trabajador.

Noviembre de 1975: las lágrimas del Presidente del Gobierno, anunciaban la muerte del Jefe del Estado, erigido en Dictador desde 1937. La libertad se abría paso una vez más en un lugar llamado España, acostumbrado a los vaivenes periódicos y vicevérsicos de la regresión al progresismo. La clandestinidad dio paso a la tolerancia, previo a la legalización del Derecho; esperanza liberadora, representada por el Movimiento ciudadano, verdadero motor del cambio que pudo haber sido, pero quedó hábilmente ralentizado, con la defenestración de quien había fortalecido la Junta Democrática de España, heredera política de la Mesa Democrática de Andalucía, nacida un año antes,
que había cedido el paso a una entidad de mayor alcance territorial y político.

La “habitual indolencia” atribuida a Andalucía quedaba en evidencia, aunque la no diferenciación nominativa entre los organismos de oposición del Estado y de Andalucía, ayudara a su desconocimiento, pese a lo cual, quedaba el espíritu combativo, la vanguardia de la lucha por la democracia. Sabia palabra tan utilizada como ignorada por muchos de cuantos la utilizan. Demos Kracia (Gobierno del Pueblo), es antagónico de la simple y llana representatividad política, dónde la ciudadanía sólo tiene el recurso de
cambiar su voto al cabo de cuatro años, frente a los recursos casi ilimitados de esos representantes. La marcha democrática, comenzada a partir de la elección de Adolfo Suárez como Presidente, se orientó, como había sido dinámica de los organismos de oposición organizados (partidos políticos y sindicatos) y los no organizados, (Movimiento Ciudadano), este último cada vez más diluído en beneficio del control por los primeros. La recuperación de la democracia incluía, de forma lógica, la recuperación de las autonomías, Concepto en que se quebró la unidad de los partidos políticos. Aparentemente.

Porque algunos ya llevaban en su mochila, cargada en Bonn, la idea de “soportar” a lo sumo dos, tres autonomías como máximo. Y, para justificarlo pretextaron la posesión de un idioma “propio”, distinto del castellano. A punto de romper la existencia de un organismo de oposición, por la oposición tenaz del PSOE: en la estrechez de su mochila no cabía concebir la posibilidad de que las autonomías pudieran ser cuatro. Y tacharon de “burguesía”, “señoritos” y “antidemocráticos” a los grupos y personas que la reclamaban para Andalucía. “Cuando alcancemos la democracia podremos hablar de autonomía” fue la artera excusa para postergarla. Pero la democracia formal, llegó. Y ese concepto, mantenido después del 15 de junio de 1977, motivó el sonoro grito de los andaluces, cuando más de cuatro millones de personas la reclamaron en las calles, en unas manifestaciones nunca vistas, ni imaginadas, que hicieron exclamar a Rafael Escuredo: “Habrá que tomarse esto en serio”.

Sin 4-D no hubiera habido 28-F. Y lo único tomado en serio por el segundo partido en España por número de votos, ganador en Andalucía, sería defenestrar a Rafael Escuredo, por intentar “tomarse aquello en serio”. El 4 de diciembre de 1977, todos los tópicos saltaron por los aires. Dos millones y medio de andaluces habían tenido que engordar los censos de Barcelona, Madrid y Bilbao, durante los años 50 y 60, porque el Gobierno del General Franco, con una política fielmente seguida por los de la llamada “democracia”, se oponía a permitir la industrialización de esta tierra, como también habían hecho los anteriores, republicanos o monárquicos. Las pruebas, expresamente
claras, demasiado extensas para ser citadas, están al alcance de cualquier lector interesado. Los andaluces de las tres ciudades, junto a solidarios autóctonos, también exigieron Autonomía para su (perdida) tierra.

Sumarse a una manifestación, incluso acceder a convocarla no presupone acuerdo con sus objetivos. Sí denota visión política: el argumento de venta, el reconocimiento de que, quedarse fuera, ser superado por los hechos, le habría supuesto quedarse fuera también, de la mayoría a la que ya aspiraban. Pero el partido de Felipe González y Alfonso Guerra seguía siendo el mayor enemigo de la Autonomía andaluza, como demostró en los años siguientes, y en el referéndum de 28 de diciembre de 1980. Se ha dicho antes que esta fecha es deudora de la anterior. Y acreedora de otro 28: el de la
inocentada. PSOE y UCD se negaron a que el referéndum andaluz se celebrara simultáneamente al catalán y al vasco. Prefirieron aumentar el gasto, porque
guardaban su “sorpresa” para Andalucía. Si el 4-D se marcó el camino, inexorable a su celebración, el 28 de diciembre de 1979, se aprobó en el Congreso la Ley de Referéndum, con el sólo voto cautivo de los diputados de UCD y PSOE. Todos los demás votaron en contra. Incluso Alianza Popular, tuvo el detalle de abstenerse. Todos sabían que aquella Ley imposibilitaba la victoria en cualquier referéndum posterior. Con esa seguridad, el partido de Felipe y Guerra se sumó a la campaña favorable, mientras UCD aceptó el papel de “malo” y recomendó el voto negativo, lo que fortaleció y prestigió a
quienes, desde 1974, venían negando obstinadamente el derecho de Andalucía a su Autonomía. Con aquella Ley, como hicieron notar notables dirigentes del partido, era imposible que Andalucía, que cualquier Comunidad, pudiera alcanzarla.

Las lágrimas en el Casino de la Exposición, durante el recuento, eran de rabia, de impotencia. Sabíamos que lo habían puesto tan difícil, que resultaría imposible. Los representantes del partido mayoritario en Andalucía pedían “ganar en seis provincias para tener más fuerza con que enfrentarse al Gobierno”. Se dijo en grupos y a la mayoría le pasó por alto el detalle. Pero la campaña se hizo con espíritu de victoria; a nadie le importaron las dificultades, nadie se arredró, al contrario. Las banderas andaluzas cubrían el azul de su cielo; las actividades llenaban toda Andalucía, la gente se animaba a si mismos, a sus vecinos, a sus compañeros: “Yo voy a votar sí, para que haya más justicia social aquí, en Andalucía.” Y la ilusión, más que ilusión, la conciencia de un derecho propio, hizo el milagro. Jamás ha habido un referéndum en el mundo, con una participación tan alta y un porcentaje afirmativo sobre votantes superior al 93%. El entusiasmo pudo más que las tretas de dos partidos. Pero aún les quedaban aliados: el Censo, no actualizado desde años antes. Con razón se dijo “han ganado los muertos de
Suárez”, aunque no fueron sólo los suyos. Los “otros” estaban dinamitando desde dentro. Una revisión muy parcial del censo elevó el porcentaje en las dos provincias aparentemente “descolgadas”, con lo que Jaén superó ampliamente el mínimo exigido y Almería lo rozó: a medio punto de distancia.

Jamás se ha exigido en ningún referéndum en ningún lugar del mundo, un número de votos afirmativos superior al 50% de censo –no de votantes- y en cada una de las circunscripciones, por separado. El Gobierno se aferró a este mínimo resultado, que hubiera sido superado también con una más detallada revisión censal, para negar el reconocimiento del artículo 151 de la Constitución, y el PSOE se “resignó” a aceptarlo. Solamente la salida del 144 –en primera instancia violentamente negada por PSOE Y PCE-, después de la debacle sufrida por UCD, que le costó su disolución tras perder las siguientes elecciones, permitió desbloquear la situación y declarar superado el
Referéndum en las ocho circunscripciones. A Felipe y Guerra les salió muy mal la jugada. Pero no tenían por qué preocuparse. Su fingido apoyo le valió ganar la presidencia de la Junta. El mejor sitio para mejorar Andalucía… o para desmontar el sentimiento
autonómico que tanto les había contrariado.

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