Cada pequeño milagro.

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Nada más nacer, nuestros hijos son comparados con nosotros, con sus hermanos, con los abuelos, tías, etc. A fin de descubrirles parecidos, los más posibles. No parece haber nada de malo en ello, al contrario, cada pequeño parecido lo vivimos con orgullo.

Después se sucederán las comparaciones en absolutamente todo del nuevo recién nacido: duerme como fulanito, come igual de bien o de mal que menganito, y así mes a mes hasta que dejan de ser bebés para convertirse en niños. A partir de ahí también su personalidad será objeto de disección y comparación con el resto de la familia.

Hasta que un día, al menos en mi caso, mirando a mi hija un pensamiento me sorprendió: ¿Quién es esta pequeña desconocida?

Algo de lo que mi hija hizo, algo que ni tan siquiera recuerdo, logró traspasar los límites de toda su parentela para enseñarme, quizás lo más importante que pueda aprender como madre: que ella es única y diferente y como tal merece ser tratada.

Nuestros hijos poseen sus propios pensamientos, deseos, emociones y necesidades y no es imprescindible que alguno de sus ancestros lo haya vivido, sentido o pensado antes y de igual manera.

Son únicos y desconocidos y están deseando ser aquello para lo que vinieron a este mundo, sin injerencias. Os animo a dejarlos ser.

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