5000 personas ahogadas en el mar mediterráneo,

5000 personas fallecidas por sed intentando cruzar desiertos africanos y llegar a la frontera sur de Europa.

25.000 niños desaparecidos en manos de mafias y redes de prostitución, tráfico de órganos, explotación y esclavitud laboral.

388 personas muertas en las costas españolas en un año, entre ellas, 122 menores.

Siria, una tierra devastada por una guerra civil que ha dejado entre 320.000 y 450.000 personas muertas, 1,5 millones de personas heridas y 5 millones de personas refugiadas,

65 millones de personas expulsadas de sus casas, desarraigadas que deambulan por el mundo sin pan ni techo ni futuro, a las que llamamos eufemísticamente refugiadas, pero a las que no damos refugio.

5 millones de pasos desde Alepo hasta Bruselas…

Eso dicen los números, lo dicen, sí, pero no cuentan nada…

Son cifras, gélidas, que ocultan a PERSONAS cuyos rostros nunca aparecerán en los telediarios de la gran propaganda porque su lugar de nacimiento no es ni Paris, ni Bruselas ni Mánchester.

Son muertes anónimas de niñas, niños, adolescentes, mujeres, hombres, abuelas, abuelos que huían de la muerte segura permaneciendo en su hogar, un hogar aniquilado por las bombas que se fabrican aquí, en nuestro país, entre otros, autoproclamados “desarrollados”, pero la encontraron, tozuda ella, camino de la libertad, a las puertas de esa Europa democrática que adorna sus fronteras con guirnaldas de muerte, siempre dispuesta a vociferar sin ningún pudor “Libertad, Igualdad, Fraternidad”.

Cifras glaciales que aseptizan nuestra capacidad de emocionarnos, de revolver ese estómago que no padece hambre, porque para reaccionar le tenemos que poner un rostro a la muerte.

Y si la muerte tiene rostro de niño, pues quizás el mensaje nos llegue antes, más punzante, aunque no tarda nada en olvidarse, lo que dura una ola en el mar.

Desde la imagen de Aylan, en una playa turca, en septiembre de 2015, la honda indignación que causó se ha ido desinflando como un globo de feria y la gran mayoría de quienes se horrorizaron con esa visión insoportable se ha dejado arrastrar por la corriente arrolladora de la apatía y la indiferencia…

 

Incluso truenan las voces del odio, de la ignorancia, de la estupidez pidiendo prioridad para los “nuestros”, para los de aquí, como si no cupiéramos todas, todos, como si de verdad los otros, los de aquí les importarán.

Quienes hemos podido ver los rostros de la desesperación y abrazar sus cuerpos exhaustos no podemos olvidarlos.

Ni queremos.

La gente del Colectivo Indignado de Valladolid llevábamos tiempo trabajando en cómo combatir el autismo social, cómo exigir a nuestro gobierno el cumplimiento de las leyes y los acuerdos internacionales firmados, que vulnera sistemáticamente, y cómo ponerles cara y voz a tantas víctimas inocentes de nuestras guerras programadas y cómodamente externalizadas.

Como perseguidores de Utopía que somos, pero también como gente anónima de la calle, realmente cabreada, vimos la oportunidad de movilizar a nuestras vecinas y vecinos vallisoletanos pidiéndoles su participación en un proyecto muy especial “Sueños Ahogados” que se presentó tanto al TAC (Festival Internacional de Teatro y Artes de calle de Valladolid) como al Ayuntamiento de Valladolid

Pretendíamos llevar a la playa de las Moreras, una playa sin mar, a 5000 personas que iban a representar con sus cuerpos tumbados sobre la arena la tragedia del mar mediterráneo convertido en una fosa común, un Mare Mortum.

La propuesta que presentamos despertó enorme interés e inmediatamente, tanto el alcalde de Valladolid, Óscar Puente y todo su equipo, como Javier Varillas, director del TAC se entusiasmaron con la idea brindándonos todo su apoyo

Por primera vez el activismo social y la lucha por el respeto a los DDHH tenían cabida en la programación del festival Internacional de Teatro y Artes de calle de Valladolid.

El Colectivo Indignado queríamos gritar nuestra pena y vergüenza, queríamos denunciar la guerra y su sinrazón, esta tragedia evitable y recordar a tantas víctimas inocentes.

Por primera vez, lo íbamos a poder hacer, desde un experimento teatral, en un escenario natural con actores espontáneos, en silencio, como muestra de cultura participativa y vindicativa, desde el arte, abriendo la puerta a futuras propuestas en ese mismo sentido.

De la dirección artística se ocuparía Julio Lázaro, del teatro Corsario.

Pero no pudo ser.

Falleció el mismo 27 de mayo por la tarde, el día D, el día de los 5000 sueños ahogados.

Fue el último intento de resistencia, con el férreo deseo que todo saliera bien, manteniéndole aún el aliento, pendiente durante toda la mañana del desarrollo de la acción a través de una conversación telefónica con su hija que participaba en la performance, seguía Julio, atento a la representación del drama, ajeno a su propia fatalidad, desde la cama del hospital…

Llegaron a la playa, ellas, ellos, la gente de bien, las del corazón que no cabe en el pecho, para escenificar tantos sueños ahogados como si fueran propios.

Muchas, muchísimas personas se acercaron ese día a la playa de las Moreras de Valladolid para pedir justicia y dignidad.

Bajo un sol plomizo de mayo y un calor sahariano se tumbaron, ellas, ellos, 5, 50, 500, 5000, qué importan los números, ¿no hemos quedado que son solo frías cifras?

Escucharon el estruendo de las sirenas, el suave vaivén de las olas y sintieron una extraña corriente eléctrica que recorrió la arena.

Eran un mismo ser, una misma vida, un mismo cuerpo tendido bajo el cielo.

Sintieron el dolor de todas las personas que perdieron sus sueños en el mar…

De nuevo la sirena nos devolvió a la realidad, amable y segura.

Hubo lágrimas, emociones intensas, apretones y abrazos de cortar la respiración. Y sobre todo… la sensación que todo no está del todo perdido.

Por eso seguimos diciendo siempre y hasta siempre:

  • NO a la indiferencia, no a la crueldad. SI a la solidaridad
  • NO al odio, SI al amor y la bondad
  • NO a la xenofobia, SI a la amistad
  • NO a la ignorancia, Si a la cultura y la verdad.
  • NO a la muerte de los inocentes, Si a la paz.
  • NO al miedo. Si a la memoria y la valentía.
  • NO al dolor y el sufrimiento, SI a la alegría.
  • ¡¡¡NO A LA VERGÜENZA!!! ¡¡¡ SI A LA DIGNIDAD!!!

Esto solo acaba de empezar. Somos semilla y nos vamos a multiplicar.

Lo dice Eduardo Galeano:

La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.

 

                                                                            Amparo Moral Martín

Colectivo Indignado Valladolid

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Jairo Martin
Jairo Martín nacido en Valladolid, España en 1992. Cursó estudios de filología hispánica en la Universidad de Valladolid. Es profesor de español como lengua extranjera y escritor por obligación. "Es la pluma intrépida quien me obliga a emborronar de sueños páginas en blanco". Viajero infatigable en busca de nuevas aventuras, culturas y defensor de los derechos humanos y la justicia.

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