Esta es mi ciudad

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Todo está basado en las ciudades. Todo se hace y se desarrolla en las ciudades. Todo se
crea y se inventa por y para las ciudades. Claro, a día de hoy más del 50% de la
población mundial es urbana. Estas son foco de innovación, desarrollo y movimiento
económico y, a la vez, son una mancha de contaminación con respecto a su entorno
más cercano. ¿Es posible mantener lo primero y cambiar lo segundo? ¿Qué papel jugamos nosotros en las urbes?

Supongo que vivir en la ciudad es aislarse de la naturaleza. O eso dicen. ¿No es, en
cambio, un ecosistema más de la madre naturaleza? Estaréis de acuerdo conmigo en que
es un ecosistema un poco alejado de aquello que nos explicaba el profesor de biología:
no hay tierra, hay cemento; cuesta respirar el aire; hay mucho ruido; no hay animalitos
bandeando a sus anchas. ¿Qué podemos hacer para acercar las ciudades a ser un
ecosistema de modelo?

Como en todas estas cuestiones, hay que ir poco a poco, paso a paso, al ritmo de la
madre naturaleza. ¿Por qué no empezar por cambiar un poco de cemento por tierra? La
base de todo ecosistema es el suelo. Aquí se encuentran los cuatro pilares de cualquier
bioma: el mineral, contenido en los granos de tierra; el agua que, a pesar de que no se encuentra en algunos suelos, es el atributo principal y nos sorprenderíamos si viésemos cómo los suelos (hasta los de climas desérticos) retienen el agua; la vida en forma de gusanos y microorganismos; y el aire, entrometiéndose por entre los poros que dejan los granos.

Una vez tengamos el suelo ya viene todo seguido: primero las plantas crecerán; estas
plantas atraerán animales; estos, otros animales; y así sucesivamente. ¡Quizá no sea tan
difícil si ponemos un poco de nuestra parte!

Algunos pensarán: esto es muy complicado de llevarlo a cabo en una ciudad, antes
molestaría que ayudaría. Nada más lejos de la realidad. Mi amigo Juan me contaba,
quejándose, hace unos meses que desde que había emigrado a la ciudad se aburría, no
tenía pasatiempos, al menos como los que tenía en el pueblo. A él le gustaba mucho
ponerse sus botas y pasear por los alrededores del pueblo, oliendo el aroma de romeros
y tomillos, deslizando los dedos por las hojas de los madroños, tocando y palpando la
tierra, que al fin y al cabo es la que nos da de comer. Algunas primaveras, incluso
plantaba en lugares anónimos (y recónditos) sus propios tomates y lechugas. Un día,
hablando y fumando en la azotea de su edificio, se nos ocurrió una idea: llevar una
porción del campo, de la naturaleza, a la ciudad, a su espacio de relax, a su azotea.

Pensamos en las iniciativas que se están llevando a cabo en otras grandes ciudades
de Europa y América de crear huertos en las azoteas de la ciudad. ¡Qué gran idea!

Llegamos a la conclusión de que los beneficios eran muchos. En primer lugar, acercar
la vida a la ciudad (solo en un puñado de tierra hay millones y millones de organismos)
de manera que vaya aumentando la cadena trófica, sin prisa pero sin pausa; en segundo
lugar, descontaminarla, darle oxígeno; en tercer lugar, conseguir alimentos de kilómetro
cero (cero de verdad, solo a unos escalones) y producidos como tú quieras, a tu manera; y, finalmente, un lugar de ocio, lúdico, para practicar la convivencia y donde Juan pueda fumarse un cigarro mientras huele los romeros que él mismo ha plantado. Es una formade hacer como si estuvieras en el campo y añadiendo las espléndidas vistas que nos
deparan las alturas de cualquier ciudad. ¿Os imagináis esas vistas con las azoteas llenas de plantas, enredaderas, naturaleza? Sería genial.

Y estos son solo los beneficios directos, si pensamos en los inducidos, esto es, los que
se pueden derivar de los primeros, la garantía aumenta a pasos agigantados. Rescatar
tradiciones agrícolas en la ciudad; promover una cultura cooperativista y una conciliación intergeneracional, ya que los que más saben de huertos son los sabios abuelos; conseguir que la gente que provenga del campo (la generación del masivo éxodo rural español) se sienta como en casa; y mil etcéteras.

A raíz de todo esto, además, la gente podría concienciarse de que es necesario un cambio estructural en las ciudades y de que es el lugar que tenemos que mejorar, ya no solo por el medio ambiente y esas cosas que dicen los ecologistas sino por nuestra salud, por nuestro bienestar, por estar a gusto donde vivimos. ¿Y si creamos tendencia?

En definitiva, nuestro papel es fundamental para realizar este cambio y solo depende de nosotros. Depende de nosotros que las ciudades no nos manden sino que mandemos nosotros sobre ellas. ¿Quién se apunta?

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